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domingo, 22 de julio de 2018

Ciudades de papel

Quentin no es un amigo excéntrico, ni un hijo rebelde, ni un alumno conflictivo. Es un chico normal, con calificaciones excelentes, miembro de la orquesta escolar y estudiante de último año de instituto. Todo lo que desea es ir a la universidad el curso que viene. Bueno, no todo, porque en secreto está perdidamente enamorado de su vecina y amiga en la infancia Margo Roth Spiegelman, su particular e inalcanzable "milagro". Margo es todo lo opuesto a Quentin: impredecible, aventurera y misteriosa. Nadie sabe cuál será su próximo escándalo. Quentin, por su parte, se conforma con verla en los pasillos del instituto porque hace años que no intercambian palabra alguna. Sin embargo, una noche Margo se cuela por la ventana de Quentin para invitarle a acompañarla en una de sus alocadas aventuras, esta vez, para ajustar cuentas con una serie de personas. Una oda a la rebeldía y a la contracorriente en la que Quentin se deja atrapar convencido de que, al día siguiente, Margo caerá rendida en sus brazos al darse cuenta de que son el uno para el otro. Sin embargo, Margo desaparece sin dejar rastro aparente, y sus padres y su entorno, que saben que Margo es incontenible, y que probablemente esté haciendo de las suyas a saber dónde, no le dan mucha importancia a su desaparición, mientras que Quentin, preocupado, no cesa en descifrar las pistas que cree encontrar tras la estela de Margo para llegar hasta ella. Tras muchas idas y venidas infructíferas y cada vez con mayor frustración, que contagiará a sus propios amigos, por fin decide poner rumbo adonde cree que ella le ha guiado, en un viaje trepidante a contrarreloj, cuyo desenlace quizás no sea como todos estábamos esperando.

John Green publicaba Ciudades de Papel, su tercera novela, en 2008, consagrándose como el aplaudido autor de literatura juvenil que es, pero yo por aquel entonces lo desconocía por completo. Cierto es que con apenas 11 años no habría sido capaz de entender siquiera su mensaje. Sin embargo, acabo de terminarlo y, después de haber adorado Bajo la misma estrella allá por 2015, sin duda Green se ha convertido en uno de mis escritores de cabecera.


Ciudades de papel está dividida en tres partes. Los hilos narra la aventura nocturna de Margo y Quentin, La hierba, la búsqueda incansable por Quentin de su amiga, y El recipiente, el viaje hacia su encuentro. Green vuelve a sus deliciosas metáforas, de la vida, de la amistad, de las relaciones, de la juventud. Los hilos no es solo el relato de la aventura secreta de Margo y Quentin, sino también el por qué de que Margo decida rebelarse contra el mundo y, posteriormente, escapar; y es que sus hilos se han roto, y ella ha salido volando. Los hilos que la unían a todas las cosas a las que se aferraba en la vida, se han cortado y, como ella explica a Quentin, si los hilos se rompen, no se pueden volver a unir. La hierba no solo es la búsqueda desesperada que emprende Quentin, que confía en las pistas que cree que Margo le ha ido dejando, aunque a veces se de de bruces contra un callejón sin salida; por fin, tras pasarse una ingente cantidad de tiempo descifrando el mensaje que Margo le ha querido dejar en el Canto de mí mismo de Walt Whitman, Quentin comprende lo que éste quiere decir con "La hierba", y que es una forma de entender que estamos todos interconectados, como las raíces de la hierba, de forma que si te arrancan a alguien que conoces, arrancan una parte de ti. Y a Quentin le han arrancado Margo. Por último, tras salir a buscarla acompañado de sus amigos en el inicio de El recipiente, no solo conducirán durante horas y vivirán una aventura inolvidable, sino que por fin Quentin resolverá el misterio en el que se ha transformado Margo. 

Ciudades de papel se hace lenta en algunas ocasiones, no voy a ocultar que en la segunda parte del libro, La hierba, había momentos en los que yo misma quería gritarle a Quentin que dejara de buscar a Margo, y entiendo que sus amigos lo hicieran en múltiples ocasiones; pero es un libro con el que te ríes con diálogos elocuentes y situaciones humorísticas, y en alguna ocasión llega a ser magistral.
En la tercera parte, el viaje en carretera y a contrarreloj del divertido grupo de amigos, desde Orlando hasta Agloe, es completamente hilarante; especialmente la escena de la gasolinera, donde en unos minutos contados Quentin y los demás deben dividirse las tareas para comprar, a ritmo vertiginoso y aun vestidos con las túnicas de la graduación, todo lo que  no pudieron proveerse en Florida cuando salieron escopetados de la ciudad; o, páginas adelante, cuando hacen del viejo automóvil su hogar temporal, en el que durante horas comen, duermen y comparten confidencias.
Por otro lado, he de confesar que no conseguía empatizar con Margo, a la que encontraba del todo insufrible y egocéntrica, en su afán de protagonizar las habladurías del instituto con sus alocadas aventuras. Sin embargo, al final del libro, me descubrí que yo misma había imaginado, y mal, a Margo, y en apenas unas pocas páginas, consigo verla tal y como es: "Margo no era un milagro. No era una aventura, No era algo perfecto y precioso. Era una chica".


Y ello nos lleva de vuelta a las metáforas, elemento distintivo de las novelas de John Green, y que las convierten en algo único en su especie. Green hilvana cada parte de la historia para que no sea una más sobre adolescentes y sus problemas, sino que nos haga reflexionar a nosotros también y descubrir nuevas perspectivas que quizás no habíamos tenido en cuenta hasta ahora, o no de esa manera. Sin embargo, es al final, a través de ese especial reencuentro entre Margo y Quentin, y su conversación antes del amanecer, cuando entendemos eso de las "ciudades de papel", y el mensaje de Green sobre éstas (hasta ha protagonizado una charla TED hablando sobre las mismas). Las ciudades de papel, y he aquí la solución al problema, son un concepto desconocido y precioso. Resulta que son ciudades inventadas con el fin de proteger los derechos de autor en el negocio de la cartografía. Para descubrir si una empresa ha copiado el mapa de otra, se incluyen en éstos alguna ciudad que solo existe en dicho mapa, no en la realidad, como la ciudad de Holen, en EEUU, que el propio Green intentó encontrar junto a un amigo en su juventud y a raíz de ello descubrió el término de las "ciudades de papel", que le inspiró para su novela. En nuestro caso es Agloe la ciudad de papel en la que Margo se esconde, pues es curioso como la gente, a base de acudir a esa ciudad imaginaria, había acabado construyendo un pequeño pueblo a partir de un supermercado. Pero las ciudades de papel de donde Margo escapa son de otro tipo, son ciudades como Orlando, en las que, según sus propias palabras, todo es de papel en realidad, falso y condenado a desaparecer. Es en la primera parte del libro cuando Margo pronuncia su ya conocido discurso sobre Orlando:


Es una ciudad de papel. Mírala, Q, mira todos esos callejones, esas calles que giran sobre sí mismas, todas las casas que construyeron para que acaben desmoronándose.  Toda esa gente de papel que vive en sus casas de papel y queman el futuro para calentarse. Todos los chicos de papel bebiendo cerveza que algún imbécil les ha comprado en la tienda de papel. Todo el mundo enloquecido por la manía de poseer cosas. Todas las cosas débiles y frágiles como el papel. Y todas las personas también. He vivido aquí dieciocho años y ni una sola vez en la vida me he encontrado con alguien que se preocupe de lo que de verdad importa. 


Y, volviendo al final de la historia, Quentin por fin descubre por qué ha huido Margo, y en quién se ha convertido realmente. Hasta ese momento, él se esperaba una chica agradecida de ser encontrada, rescatada, salvada, pero el reencuentro tan esperado a lo largo de la novela nos golpea en la cara como una jarra de agua fría cuando Margo se cabrea al ver a sus amigos allí, y prácticamente les manda de vuelta a sus casas de malas maneras. Quentin entonces habla con ella y se da cuenta de cómo de mal imaginó a Margo toda su vida. Y, de que por mucho que le duela, tiene que dejarla ir. Porque él no puede ser lo que ella espera, ni ella lo que él espera. El final es, pues, agridulce, pero real. 


Qué engañoso creer que una persona es algo más que una persona.

Resulta sencillo olvidar lo lleno de personas que está el mundo, abarrotado, y cada una de ellas es susceptible de ser imaginada y, por lo tanto, de imaginarla mal.

Quizá los hilos se rompen, o quizá nuestros barcos se hunden, o quizá somos hierba y nuestras raíces son tan interdependientes que nadie esta muerto mientras quede alguien vivo. Lo que quiero decir es que no nos faltan las metáforas. Pero debes tener cuidado con la metáfora que eliges, porque es importante. Si eliges los hilos, estás imaginándote un mundo en el que puedes romperte irreparablemente. Si eliges la hierba, estás diciendo que todos estamos infinitamente interconectados, que podemos utilizar ese sistema de raíces no solo para entendernos unos a otros, sino para convertirnos los unos en los otros.


Personalmente, me ha encantado el mensaje de la novela, me ha parecido necesario sobre todo para cierta época de nuestras vidas en la que esperamos que los demás sean como nosotros nos hemos imaginado, y no como son de verdad, porque no concebimos tan fácilmente que haya más mundos que el nuestro y que las personas no sean personajes de nuestra historia sino protagonistas de la suya propia. Por eso nos venimos abajo cuando no es así, cuando la realidad no cumple nuestras expectativas. Debemos dejar de proyectar a las personas en nuestra mente y esperar que se sepan el papel cuando llegue el momento. Lo difícil, pero fundamental, es atrevernos a mirarlas directamente a los ojos, conocerlas, y que ellas nos conozcan, dejar de lado la idea que nos hemos formado de ellas y llegar a saber de verdad cómo son, por lo que han pasado, con sus luces pero también sus sombras. Porque ninguna persona es nuestro milagro ni nuestra aventura, como bien describe Quentin en algún momento. 

Me despido con unas palabras de Quentin a lo que Margo le dice en esa última conversación, sobre las metáforas que elegimos para relacionamos los unos con los otros. 


Me gustan los hilos. Siempre me han gustado. Porque así lo siento. Pero creo que los hilos hacen que el dolor parezca más fatal de lo que es. No somos tan frágiles como nos harían creer los hilos. Y también me gusta la hierba. La hierba me ha traído hasta ti, me ha ayudado a imaginarte como una persona real. Pero no somos brotes de la misma planta, yo no puedo ser tú. Tú no puedes ser yo. Puedes imaginarte a otro, pero nunca perfectamente, ¿sabes?

Quizás es más como has dicho antes, que todos estamos agrietados. Cada uno de nosotros empieza siendo un recipiente hermético. Y pasan cosas. Personas que nos dejan, o que no nos quieren, o que no nos entienden, o que no los entendemos, y nos perdemos, nos fallamos, y nos hacemos daño. Y el recipiente empieza a agrietarse por algunos sitios. Y sí, en cuanto el recipiente se agrieta, el final es inevitable. En cuanto empieza a entrar la lluvia dentro del Osprey, ya nunca será remodelado. Pero está todo ese tiempo desde que las grietas empiezan a abrirse hasta que por fin nos desmoronamos. Y solo en ese tiempo podemos vernos unos a otros, porque vemos lo que hay fuera a través de nuestras grietas, y lo que hay dentro se nos ve también a través de ellas. ¿Cuándo nos vimos tú y yo cara a cara? No hasta que me viste entre mis grietas, y yo a ti entre las tuyas. Hasta ese momento solo veíamos ideas del otro, como mirar tu persiana, pero sin ver lo que había dentro. Pero cuando el recipiente se rompe, la luz puede entrar. Y puede salir.






martes, 8 de mayo de 2018

August y yo

"¿Sabes qué significa ser un niño? Significa ser algo muy diferente al hombre que eres ahora. Significa tener un espíritu que sigue brotando de las aguas del bautismo; significa creer en el amor, creer en la belleza, creer en la fe; significa ser tan pequeño que los duendes alcancen a susurrarte al oído; significa convertir calabazas en carrozas, ratones en caballos, humildad en nobleza y escasez en abundancia, pues cada niño tiene a su hada madrina en su propia alma; significa vivir en una cáscara de nuez y considerarse el rey del espacio infinito", Francis Thompson, Shelley. 

Recuerdo haber leído el best seller de R.J. Palacio, Wonder (La lección de August, en español), hace ya mucho tiempo, y pensar que fue una lectura inolvidable, que, como a millones de lectores en todo el mundo, me atrapó por completo. En su aclamado debut como autora publicada, Palacio nos narraba la emotiva y ejemplar historia de Auggie, un niño que con apenas 11 años debe afrontar por primera vez en su vida un curso en el colegio con una grave malformación facial debido a una enfermedad que sufrió tras nacer, y que a lo largo de su vida le acarreó centenares de miradas indiscretas, y la sensación de que, pese a ser un chico normal apasionado por Star Wars y los planetas y astronautas, el resto del mundo lo temía al ver su rostro diferente y extraño. El libro nos narra, desde distintos puntos de vista, el del propio Auggie, y su familia y amigos, su arduo viaje a través de quinto de primaria, los sinsabores de saberse en el punto de mira de todos los cuchicheos e incluso acoso, y su lucha por hacer de sus desventuras su mayor fortaleza para demostrar al mundo una gran lección de vida.
Pero aquí no he venido a hablar de "ese" libro, sino de una suerte de "spin-off" que la escritora ha publicado sobre tres personajes secundarios de Wonder, que titula August y yo. Al principio de la novela, R.J. Palacio nos aclara que no se trata de una continuación de la historia principal, sino de tres relatos anejos al tiempo en el que transcurre Wonder: Julian, el niño que a todos nos caía mal por ser el principal acosador de Auggie en el colegio; Christopher, su amigo de la infancia que perdió el contacto con Auggie tras trasladarse de la zona donde vivían ambos; y Charlotte, la cordial "amiga de bienvenida" de August que lo recibe en sus primeros días en el colegio pero con el que apenas vuelve a tener trato. 

La autora sabía que Julian tenía una historia que contar, más que por justificar sus acciones, que son injustificables, por tratar de entenderlo mejor ya que, como dice Palacio, al fin y al cabo Julian sigue siendo un niño y no es en verdad "mal chico", sino que ha cometido errores que, si bien no lo definen, debe encontrar el modo de aceptarlos, o querer aceptarlos, para remediarlos. Por otra parte, Christopher ha pasado por mucho con su amigo, pero pierde el contacto con él tras mudarse porque, si ya es tentador dar la espalda a una amistad cuando las cosas se ponen difíciles en la mejores circunstancias, Christopher lo tiene aun mas complicado tratándose de un amigo como Auggie, con las miradas de extrañeza que provoca y la especial atención que muchas veces requiere. Por último, Charlotte es siempre buena y cordial con sus compañeros, la típica "santa", como la llaman en clase, pero nunca va más allá de ser simplemente buena, ya que dar un paso para cambiar las cosas es un riesgo que a una niña como ella, presionada por la opinión que de ella tienen los demás, le costará tomar. 

Comencé esta continuación o "spin-off" de Wonder con recelo, pues el libro principal me parece una auténtica joya, pero este no se queda para nada corto. La capacidad de R.J. Palacio de tomar el lugar de un niño de 11 años, y transmitir cómo le afectan y cambian las experiencias de la vida desde ese punto de vista, es asombrosa. Aunque en este caso son tres perspectivas muy distintas a la de Auggie en la historia principal, tratándose esta vez de personas ordinarias afectadas por unas circunstancias extraordinarias, precisamente por ello refleja cómo se han podido sentir muchos niños en sus relaciones de amistad (o enemistad) y creo que debería ser, igual que Wonder, una lectura recomendada para cualquier edad, por todo lo que tiene que enseñar: que las personas no deben ser juzgadas por nuestras primeras impresiones de ellas, pues seguro nos van a sorprender y aportar muchas cosas bonitas que merecen la pena y que de otra forma no llegaríamos a vivir; que, por ende, no debemos temer lo desconocido, pues el miedo es un arma de doble filo que, aun protectora, puede hacer que nos perdamos muchas aventuras inesperadas o incluso sacar lo peor de nosotros mismos, aunque en esencia no seamos "malos"; que los amigos, en definitiva, son un tesoro que debemos cuidar, al igual que nuestras familias y seres queridos, y las personas, aun cometiendo errores porque es así, somos personas y no somos perfectas, tenemos en nuestra mano decidir qué versión de nosotros mismos queremos ser cada día al salir al mundo.  

¿Estamos orgullosos de quiénes hemos sido cada día cuando nos acostamos por la noche? Creo que este libro es una gran oportunidad, no solo para los niños que como los personajes se encuentran en su proceso de madurez, sino para toda persona en sus relaciones con los demás , para hacer un poco de introspección: ¿Debería enviar esa "carta de disculpa" a ese alguien con el que sé que no me he portado lo bien que se merecía? ¿Debería hacer esa llamada telefónica al viejo amigo del que cada día me ha sido más fácil distanciarme, ponga la excusa que ponga para justificarme, porque quizás ahora me necesita más que nunca? ¿O quizás he tratado injustamente a un familiar que solo desea lo mejor para mí? ¿Es hora ya de dejarme de "diagramas de Venn" y atreverme a conocer a esas personas de las que yo mismo o misma me he construido un muro alrededor antes de tiempo?
Como reza el precepto que abre el capítulo de Julian: "Sé amable, pues toda persona con quien te encuentras está librando una dura batalla", por Ian Maclaren. 

Aquí os dejo el trailer de la adaptación de Wonder, que apenas ha sido estrenada hace unos meses, para animaros a sumergiros en esta "wonderful" o maravillosa historia con entrañables personajes, y un mensaje imprescindible.


lunes, 7 de diciembre de 2015

Bajo la misma estrella

Dos días, una sonrisa satisfecha, y un mar de lágrimas. 
Eso es lo que separó el momento que abrí Bajo la misma estrella del momento que cerré la maravillosa obra del reconocido John Green. Y, claro, también los separó millones de reflexiones, pensamientos, y metáforas de lo más "augustinianas", como diría Hazel Grace. Bueno, más bien como diría ese personaje encarnando la mente de John Green. Una mente extraordinaria que se ha abierto ante mí durante el viaje de esta novela y que me ha llevado de ignorarla a admirarla con solo unas cientos de páginas envueltas en unas cubiertas azul celeste. Unas cubiertas que me llamaron la atención en la librería hace poco, al verlas no en la sección de "literatura juvenil", sino en "narrativa extranjera" junto a novelas, de autores aun desconocidos para mí, dirigidas a mentes ya adultas.


Sin duda, Bajo la misma estrella puede llegar a cualquiera. No creo que sea un libro para adolescentes, sino para seres humanos, sin que mi afirmación sirva para descatalogar de seres humanos a nosotros los adolescentes, aunque el término incluso es utilizado en esta novela como adjetivo no demasiado favorecedor ("estás hoy tan adolescente...") Es un libro para seres humanos capaces de emocionarse, apreciar una bella historia cargada de simbolismos, sacar conclusiones durante su lectura y no tacharla de demasiado sensiblera o irreal, porque precisamente es lo más realista que puede ser.
Una historia realista que por ello, y la magia que consigue sacar de ella Green sin hacerla inverosímil, se ha convertido en una de mis ficciones perfectamente reales favoritas.
Desgarradora, realista, triste, conmovedora, que no pretende dar una visión optimista ni pesimista de la atroz "hamartía" que padecen los personajes, sino un retrato del camino de la vida que, cual sombra de árbol reflejada en los canales de Amsterdam o en las baldosas de sus calles, se ramifica uniendo vidas y desuniéndolas. Unas vidas que por y para algo necesitaban juntarse, y posteriormente separarse. Un relato precioso de las relaciones humanas, de los miedos ante las dificultades, de cómo sobreponerse a ellos o rendirse ante ellos, de las actitudes a tomar, y de lo hermoso de conseguir "una eternidad en esos días contados". La relación entre Hazel Grace y Augustus Waters y cómo él aviva la persona que hay en ella más allá de la "enferma profesional" y cómo ella le descubre que su amor verdadero es el que deja huella, y no la absurda obsesión de ser heroicamente recordado por el terrible temor al olvido, que ya desde el principio confiesa "en el corazón literal de Jesús" el atractivo Augustus.  
La novela me ha sobrecogido no solo por la historia y sus personajes tan cuidadosamente desarrollados (los entregados padres de Hazel, su amigo Isaac, el idealizado escritor Van Hauten), sino también por el elevado contenido filosófico, simbólico y metafórico de Bajo la misma estrella. Parece que también a los libreros de aquel establecimiento les pareció así al colocarlo lejos de "narrativa juvenil", en la estantería de la variopinta "narrativa extranjera". John Green golpea al lector con pensamientos morales de toda índole disfrazándolos de inocentes conversaciones entre adolescentes: el miedo a la muerte, Dios, el olvido, el propósito de vivir, el amor verdadero... Nos hace interiorizar en nosotros mismos para descubrirnos cavilando nuestras propias opiniones sobre estos temas,  a la par de hacernos vivir una historia que "como una montaña rusa, no hace más que subir".


Desde luego, una lectura intensa, que unida a sus símbolos/metáforas no hace más que complicar deliciosamente la labor del lector de desentrañar lo que quiere transmitir John Green con el épico Augustus Waters y la terrenal Hazel Grace. El símbolo del agua y su presencia a lo largo de la novela cual ente destructivo como la situación que viven los personajes (el problema pulmonar de Hazel, sus sueños en medio del océano, el apellido de Augustus Waters, los canales de Amsterdam), el hecho de que Augustus siempre parece ir adelantado a Hazel (él cuelga primero en sus llamadas telefónicas, su pantalla del avión empieza a emitir la película antes...), el afán de Hazel por conocer de boca del "escritor" Peter van Houten el final de los personajes de "Un dolor imperial" como metáfora de su propia vida, el personaje de Augustus y su mismo nombre como héroe que teme al olvido y quiere ser recordado pero cae de la fortaleza a la humillación pudiendo ser Hazel Grace su salvación (este camino inverso es para Green lo que caracteriza al verdadero héroe)...
Asimismo los detalles con los que John Green ha colmado su novela hacen que parezca que de verdad ha sido escrita por una real Hazel Grace que ha vivido lo que está narrando: cómo se siente en el lugar supraterrenal de las conversaciones telefónicas con Augustus, los distintos dolores y miedos que sufre ("eché de menos el futuro"), sus pensamientos como "enferma profesional", sus opiniones de la gente que la rodea y no la comprende, la manera en que afecta a Augustus ("antes... solías llamarme Augustus") En ese sentido el final es tan puramente sincero que no tenía la sensación de que hubiese sido escrito por un hombre que no ha experimentado todo eso. Extraordinario.
La película ha cosechado un gran éxito y he de decir que la ví después de leer la obra maestra de Green con lo que, aunque es muy fiel estéticamente y los protagonistas son más que convincentes, ni por asomo se puede comparar al libro. A mi juicio, todos los símbolos y detalles que se pierden en el traspase a la pantalla provocan que la historia pierda toda la riqueza emocional;  además, es un relato tan denso que en el film se han descritoacertadamente las partes centrales de la novela, pero se han preferido descuidar más las iniciales y finales, recortando escenas y abreviándolas, y dando a la historia de Hazel y Augustus cierto aire apresurado y superficial que en el papel es todo lo opuesto. Esos momentos telefónicos del "Bien. Bien" entre ellos dos, esas escenas de soledad de Hazel esperando que Augustus le responda la llamada, esos días eternos juntos, esas conversaciones que mantienen sobre cualquier tema posible, sus "últimos días buenos" el uno con el otro... Todo ello se ha evitado eliminando la magia por completo.
Por todo ello, prefiero el libro ya que "hay infinitos más grandes que otros" y ¡qué libro! Hacía tiempo que no leía algo tan profundo, hermoso, y fresco al mismo tiempo; sin duda, aunque es una novela para seres humanos capaces de emocionarse, Bajo la misma estrella ha regenerado el género juvenil, cargado de futuros distópicos al estilo "Juegos del hambre" que ya nos tenían bastante saturados... Me ha sobrecogido su carácter inefable que recomiendo descubrir a toda costa a los lectores de este post.
Gracias, John Green, gracias.


sábado, 29 de marzo de 2014

Caperucita en Manhattan

Hace un par de semanas una buena amiga me recomendó el libro  "Caperucita en Manhattan", redactado por la prolífca y genial escritora Carmen Martín Gaite. Con las expectativas muy altas, comencé a sumergirme en el mundo de la pequeña Sara Allen quien, de la mano de la imaginación y la pasión por viajar a través de la lectura, me consiguió emocionar con sus pensamientos sobre la vida y sus ansias por la Libertad y la aventura.


Sara Allen vive con sus padres en Brooklyn, pero ella no es feliz allí. Se siente sola, encerrada todo el día entre cuatro paredes, y agobiada por su madre, quien jamás se separa de su hija cuando salen de casa. Los únicos respiros de Sara son dos. 
Por un lado, los interesantes libros y regalos que le enviaba cuando era pequeña el novio de su abuela, Aurelio, con los que aprendió a viajar a través de su imaginación a lugares hermosos y lejanos, donde ella era la reina. Además, a raíz de los libros de Aurelio, Sara hasta se inventó su propio lenguaje, las farfanías, que eran palabras sinsentido que expresaban diferentes sentimientos que ella no podía explicar, como la sensación de que iba a pasar algo diferente, llamada, para ella, "miranfú". 
Por otro lado, a la actual Sara de diez años le encanta visitar a su abuela los sábados, quien vive en Morningside, Manhattan, y a la que su madre insiste en alimentar a base de tartas de fresa. La abuela, Rebeca, es una mujer fascinante, aventurera, y valiente, que en su juventud fue conocida por el nombre artístico de Gloria Star, y a la que Sara desea ver algún día cantar mientras llevare puesto el vestido verde de sus antiguos años de esplendor.
Un día, decide escaparse aprovechando la ausencia de sus padres un fin de semana. La pequeña Sara se pierde entonces en el metro, y su salvación llega en forma de la misteriosa miss Lunatic, una anciana que se pasea por las calles de Manhattan con un carrito de bebé, y que dice vivir en la estatua de la Libertad desde el siglo diecinueve. Ambas corren diversas aventuras mientras se conocen en profundidad, y llegan a quererse como si fueran familia. Sara de hecho cree vislumbrar en ella dos caras: la cariñosa miss Lunatic y madame Bartholdi, la bella musa que orienta a Sara en su búsqueda de la ansiada Libertad. 
También conoce al señor Wolf, un solitario empresario que ha conseguido crear "Dulce Lobo", el imperio de la repostería. Sin embargo, el millonario Wolf se siente solo, hasta que conoce a Sara, quien le ayuda en sus propósitos de alcanzar sus sueños.

El libro es, sencillamente, magnético. Consigue engancharte desde que abres las tapas coloradas, hasta que las cierras con una lágrima de emoción. 
Cada personaje está detalladamente descrito con el propósito de explicar cada una de las caras de la vida de Sara, de la vida de una fantástica niña encerrada en un ambiente que poco o nada tiene que ver con ella. La cara de la desesperación por huir de lo monótono, de la admiración y el cariño por los seres realmente queridos, de la lealtad hacia los amigos, de la empatía al que no es feliz, de la aventura, del riego que conlleva ser libre... de esta forma la brillante Martín Gaite va dando diferentes pinceladas con su habilidosa mano hasta formar su increíble libro lleno de enseñanzas, sucedidas en las calles de la sorprendente ciudad de Nueva York, y escondidas bajo un lenguaje bello  e inocente.
Es esta belleza teñida de sencillez a la hora de escribir, lo que permite que sea una lectura para todos los públicos, fácil de entender y preciosa de observar. 
Así pues, os recomiendo, sobretodo a los más jóvenes, que deis una oportunidad a "Caperucita en Manhattan", ya que es seguro que os emocionará.


miércoles, 17 de abril de 2013

Cuénteme la verdad...

“Abrió un ojo verde, e impasible me miró un instante y volvió a cerrarlo…”

Así concluye un libro fantástico del que pude disfrutar hace poco: “El cuento número trece”, de Diane Setterfield. Se trata de su debut como novelista; sin embargo, al deslizarme a través de sus líneas, tuve la sensación de estar leyendo a un escritor experimentado, un clásico.

Y es que, cuando saboreé la primera página, ya me resultó imposible desengancharme. Su magistral forma de escribir me transportó en un mágico instante a la mansión Angelfield, donde las astutas gemelas jugaron con mis sentimientos: me provocaron tristeza, terror, suspense, alegría… todo en estas 473 páginas.

En ellas se narra la historia de Vida Winter, una afamada escritora quien, sabedora de que se marchará pronto de este mundo, contrata a Margaret Lea, una joven biógrafa, con el objetivo de revelarle sus secretos más oscuros. Por lo tanto, cada vez que ambas se reúnen en la biblioteca de Winter, se produce un “flashback”, que nos transporta a la ya mencionada mansión Angelfield. En ella, varias generaciones de esta extraña familia han dejado su huella, pero todo se vuelve todavía más excéntrico y decadente cuando llegan las gemelas March, quienes se hacen desde muy pronto con el control de la casa y siembran problemas y misterio allá donde dirigen sus pasos.

No puedo revelar más detalles. Si deseáis conocer a las traviesas gemelas pelirrojas y a la ruinosa mansión Angelfield, os recomiendo sin lugar a dudas que devoréis “El cuento número trece”. Os aseguro que merece la pena descubrir todo lo que nos ofrece: personajes cuyos perfiles entretejidos, sin dejar cabo suelto, despiertan el misterio y la intriga; la mezcla de situaciones con un terrorífico suspense y momentos de gran belleza descriptiva; diálogos trabajados que captan la atención y que a veces han de leerse entrelíneas; y la particular atmósfera que envuelve a la novela en general, dándole una belleza solemne típica de los clásicos del siglo XIX.

“El cuento número trece” ya ha sido alabado por multitud de críticos literarios. Personalmente, solo espero que Diane Setterfield nos vuelva a ”atrapar” con un nuevo y magnífico “cuento”, pero que nos transmita la misma fuerza y encanto con los que se dio a conocer.


viernes, 9 de noviembre de 2012

Las apariencias engañan...

Hace poco terminé de leer una saga que me ha entusiasmado. Puede que mucha gente la tache de antemano y esté repleta de prejuicios, pero, como suele decirse, no se puede hablar sobre una cosa sin conocerla.
Por eso, hoy os hablo de la saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer.
Al principio me mostraba reacia a leerla, pero, al final, me decidí a darle una oportunidad y, la verdad, no me arrepentí. Así pues, como yo ya he tenido la oportunidad de "conocerla a fondo", me gustaría demostrar que no es lo que parece.
Se trata de cuatro novelas bastante extensas : Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer.
En ellas se narra la historia de Bella Swan, una adolescente que busca su lugar en el mundo (como hacen casi todos los adolescentes), desde que tiene diecisiete años hasta los diecinueve.
En ese período de su vida se traslada a Forks, una pequeña ciudad, muy lluviosa, de Washington, para vivir con su padre. En ella, conoce a Edward Cullen, del que se enamora profundamente. Poco a poco le va conociendo mejor hasta llegar a descubrir el misterio de su atractiva personalidad... aún así, Bella no puede abandonarle y ambos luchan para estar juntos.
A lo largo de los cuatro libros les ocurren todo tipo de cosas: dudas, miedos, sorpresas, peligros...
Además, en el segundo libro, aparece el tercer eslabón que faltaba para formar el triángulo amoroso, Jacob Black, quien apoya a Bella en los momentos más difíciles y se convierte en su mejor amigo.
Os recomiendo estos libros, ya que la historia es muy intensa y os enganchará hasta el final. Además, no es para nada una obra gótica o poco profunda, sino todo lo contrario, ya que no tiene nada que ver con las adaptaciones cinematográficas, que son las que pueden dar una imagen diferente y errónea, e inducir a prejuzgar las novelas.
Por último, os repito que, si tenéis oportunidad (y tiempo) os leáis estos libros, ya que seguro los devoraréis rápidamente.



domingo, 28 de octubre de 2012

Una novela muy natural

Hoy me gustaría hablar sobre un libro que me presentó mi tía , que me ha entusiasmado y que, probablemente, haya alcanzado una "posición privilegiada" en mi estantería. Estoy hablando de "La evolución de Calpurnia Tate", de Jacqueline Kelly, quien escribió también "El templo de las mil puertas".
En "La evolución de Calpurnia Tate", Jacqueline relata la historia de una niña muy interesante, curiosa y llena de ganas de aprender sobre el mundo que la rodea. Responde al nombre de Callie, y vive en Texas, rodeada de sus padres, sus seis hermanos, y su mejor amiga, Lula.
Estas cubiertas amarillas contienen el crecimiento intelectual que Callie experimentó en el verano y otoño de 1899, de la mano de su abuelo, a quien irá conociendo mejor. Su querido "abuelito" le abrirá la mente,  transmitiéndole un profundo entusiasmo por el mundo científico. Callie deberá elegir entre el futuro convencional como ama de casa que esperan sus amigas o rebelarse y acudir a la universidad para formarse como naturalista.
Si queréis saber cómo termina esta emocionante historia, os recomiendo que  leáis este grandioso libro, con el que yo misma he aprendido muchísimas cosas acerca de la sociedad y costumbres de aquella época y la posición de la mujer. Además, la lucha que lleva a cabo Calpurnia por cumplir sus sueños os enganchará hasta el final.