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martes, 15 de enero de 2019

Parks and Recreation

¿Cómo de emocionante puede ser el departamento de parques y recreaciones en una pequeña y nada ejemplar ciudad de Indiana (Estados Unidos)? Parks and Recreation, emitida entre 2009 y 2015, nos cuenta la historia de cómo entre las paredes de esa oficina se conocieron, soportaron y quisieron un variopinto grupo de funcionarios del ayuntamiento, quienes nos harán reír y, a través de un guión inteligente y sagaz, nos mantendrán enganchados a esta popular sitcom que, en clave de humor, habla sobre improbables amistades, trabajo en equipo y perseverancia en nuestras luchas. 

En formato de falso documental, como la también exitosa Modern family, Parks narra la historia de esta particular familia de colegas de trabajo que poco o nada tienen que ver. Principalmente, el foco está en Leslie Knope (Amy Poehler, también productora, y ganadora de un Globo de Oro por su actuación) quien es la subdirectora del departamento, una mujer optimista, amiga de sus amigos (a veces con demasiada intensidad) extremadamente perfeccionista y amante de su trabajo, del Gobierno, de los gofres, de las listas de pros y contras, las reuniones y principalmente de su ciudad, Pawnee, que mitifica y a la que pretende sacar adelante contra toda adversidad, incluida la de sus propios y no muy colaboradores conciudadanos. Sobre ella,  su jefe y director del departamento de parques, Ron Swanson (Nick Offerman), es un hombre de pocas palabras y bigote prominente, conservador, libertario, apasionado de la caza y la carpintería, que presume de que nadie conoce su dirección y huye de los lazos personales. Por debajo de ambos, Tom Haverford (Aziz Ansari), quien gusta del lujo, las marcas y parecerse a las celebrities de moda, de humor sarcástico, y que preferirá favorecerse a sí mismo que a los demás; Donna Meagle (Retta), una mujer confiada en sí misma, segura, directa y que comparte con Tom su amor por los lujos y la buena vida; April Ludgate (Aubrey Plaza), estudiante a la par que becaria del departamento, aunque sin mucho entusiasmo, de humor negro, gustos algo tenebrosos y orgullosamente apática; y Jerry Gergich (Jim O'Heir), el inocente, cenizo y bobalicón blanco de todas las bromas del equipo. Junto a ellos, Ann Perkins (Rashida Jones), la mejor amiga de Leslie y enfermera, Andy Dwyer (Chris Pratt), en principio novio de Ann y vocalista de la banda Mouse Rat, y el arquitecto Mark Brendanawicz (Paul Schneider). Además, en la tercera temporada llegan a Pawnee los auditores Chris Traeger (Rob Lowe), adicto al deporte y al optimismo extremo, y Ben Wyatt (Adam Scott), de carácter tranquilo y gustos frikis.


Este variopinto grupo de compañeros es interpretado por un reparto excelente e insustituible, que se adapta camaleónicamente a las manías, gestos, entonaciones e incluso miradas recurrentes de sus personajes, en función de las carismáticas personalidades de éstos, quienes denotan estar cuidados al detalle, construidos con esmero y brillantemente pulidos. Sin perder lo que amamos de ellos, sus virtudes y defectos exagerados, su certera evolución en el guión hace que hasta el que menos protagonismo ostente nos llegue directo al corazón. Es este cariño que destila la serie el que provoca que apostemos por sus personajes con confianza ciega, y les acompañemos sin dudarlo en estas siete temporadas en las que a base de echar horas en la oficina y ceder un poco en sus obcecaciones, consiguen derribar sus prejuicios y desencuentros para hacer piña y convertirse, por mucho que le pese a Ron, en un auténtico equipo. Un equipo que se encontraría cojo, no ya en el departamento, sino en sus propias vidas, sin uno de ellos, pues lo que en principio eran meros compañeros de oficina poco a poco, entre risas y emociones, se convertirán en amigos y fieles camaradas en las carreras que emprendan unos u otros, como cuando Tom decide abrir una tienda o Leslie presentarse a concejal, y todos echan una mano como pueden de manera incondicional. 
Es en esos lazos imprevisibles que crean entre ellos, a raíz de luchar contra todos los demás por el bien de los parques de la ciudad, cuando descubrimos que nuestro pequeño grupo es capaz de avanzar, de no quedarse estanco como los personajes de otras comedias de situación, sino de cambiar o quizás sacar a la luz lo que solo necesitaba un poco de tiempo para aflorar. 
Son ya conocidas y adoradas por los fans las perlas de Ron (“cuanto menos sé acerca de los asuntos de otras personas, más feliz soy. No estoy interesado en preocuparme por las personas. Una vez trabajé con un tipo por tres años y ni siquiera me aprendí su nombre. El mejor amigo que tuve. Seguimos sin hablarnos cada tanto”). Sin embargo, su amistad con Leslie, la más opuesta a él por ser esencialmente extrovertida y admiradora del Gobierno, es la más conmovedora que he visto en una serie desde hace tiempo, y hay episodios sublimes de cómo ellos dos se enfrentan por su forma de pensar o hacer las cosas, pero acaban recordando lo que admiran y respetan el uno del otro y el cariño que, a pesar de todo, se profesan. O April, quien con sus miradas asesinas y actitud fría provocaría la huida de muchos pero que, aun siendo siempre ella misma, se acaba preocupando por su propio futuro (gracias a la perseverancia de Leslie) y hasta encariñándose y ayudando a los demás cuando la necesitan. El espectador es testigo de cómo la amistad tan particular que nace entre todos es lo que verdaderamente da vida a la oficina en la que trabajan, y no podemos evitar cuestionarnos si en algún lugar existe un equipo tan idílico como éste. Mientras eso ocurre, el brillante guión (de los creadores de The Office y The good place) no nos permite olvidar la esencia de los personajes en su exquisita individualidad y lo que los hace tan distintivos. Así pues, no me acabo de explicar cómo los escritores no han recibido ningún Globo de Oro por su magistral trabajo.

En cuanto al gran reto de cualquier producto televisivo, la serie aguanta el paso del tiempo  exitosamente, asegurando al espectador  innumerables carcajadas con su guión estelar, cargado de diálogos y escenas hilarantes, que me han tenido literalmente rebobinando la pantalla para volver a disfrutarlas. Sin embargo, en mi opinión, según se aproxima el final se nota cierta relajación en el humor que caracteriza a Parks, en pos de ir culminando la historia, resultando en un broche demasiado azucarado para mi gusto, alejado de la heterogeneidad de los personajes, pues pareciera que todos han de acabar con el mismo final feliz convencional. Aún así, es un pormenor en una serie que rebosa virtudes, como es también utilizar su humor para hacer una crítica satírica y certera sobre la política (y los políticos), el arduo gobierno aun en una ciudad tan insignificante como Pawnee, la injusticia y sinsentido (a veces) de la voluntad común, el feminismo en la actualidad, y un largo etcétera que hará las delicias del espectador por la inteligencia e ingenio con que se ha llevado a cabo, como el concurso de tartas de mujeres de políticos al que Leslie no quiere presentarse por principios, y que haga lo que haga acabará levantando ampollas a toda clase de grupos reivindicativos a su alrededor, o cómo tiene, en toda su carrera en el Gobierno, el foco de los medios siempre encima, muchas veces malinterpretando sus actos y tergiversando la realidad. 

No puedo más que recomendaros que deis una merecida oportunidad a Parks and Recreation (en España, disponible en Amazon Prime Video), siempre en versión original para disfrutar de las imperdibles voces de sus actores. "Three words for you: Treat Yo Self!"

lunes, 24 de septiembre de 2018

La maravillosa Sra. Maisel

Aunque en nuestro país, la divertida e ingeniosa Midge Maisel no se ha hecho demasiado eco (posiblemente debido al escaso marketing en España de su plataforma, Amazon Prime Video), ha arrasado con la temporada de premios americanos este 2018. Globo de Oro por Mejor Serie de Comedia y Mejor Actriz Principal, y varios Emmy la semana pasada, incluidas las categorías más prestigiosas, como son Mejor Serie de Comedia, Mejor Dirección, Mejor Guión, y mejores actrices Principal y Secundaria.
Y es que La maravillosa Sra. Maisel sabe lo que se hace. En su primer episodio, e inmediatamente después de que el logo de Amazon Prime se desvanezca, sin música introductoria ni títulos principales, aparece en pantalla una exultante Miriam "Midge" Maisel vestida de blanco, proponiendo un brindis en su boda y recapitulando de forma hilarante su vida hasta ese momento, provocando no solo en sus invitados sino también en los espectadores, un cariño y una simpatía (y por qué no admitirlo, carcajadas) instantáneos. Los primeros instantes de cualquier producto audiovisual son fundamentales para captar la atención de la audiencia, y, desde luego, la energía con la que Rachel Brosnahan (actriz detrás de Midge) se roba el espectáculo, con su sonrisa encantadora, su expresividad desbordante y sus comentarios inteligentes, supone un prólogo premonitorio de lo que nos mantendrá pegados a la pantalla durante el resto de los ocho episodios que dura su primera, y de momento única, temporada. 
La responsable detrás de este nuevo fenómeno "maravilloso", Amy Sherman-Palladino, fue ya a comienzos del nuevo milenio la creadora de Las chicas Gilmore y en 2017 nos ha vuelto a deleitar con esta nueva producción tan magistralmente ejecutada, y que le ha valido, muy merecidamente, tantos premios este año. 


Nueva York, 1958. Cuatro años después de la escena inicial de la boda, los Maisel son el prototipo de familia judía de buena posición que vive en un inmenso y lujoso apartamento del Upper West Side en Manhattan. Mientras Joel es vicepresidente de la empresa de su familia, Midge se dedica en cuerpo y alma a su marido y a sus dos hijos, siempre con una sonrisa y una gran disposición. Es optimista, alegre y cariñosa, y no duda en apoyar y acompañar a Joel en sus escapadas nocturnas a la parte baja de la ciudad, donde éste actúa de monologuista ante un reducido público en un club nocturno. Sin embargo, todo se tuerce cuando Midge descubre que su marido plagia los números de cómicos de renombre y que, en realidad, es un fracasado con ansias de gloria. Además, esa misma noche, Joel patina como nunca, haciendo el ridículo sobre el escenario y ante su mujer y amigos. Y claro, tratándose de los años cincuenta, él no puede resistir levantarse cada mañana al lado de su perfecta esposa sabiendo que ella ya no lo ve con los mismos ojos, así que la abandona por su secretaria, contratiempo que sume a Midge en el caos. Esa tormentosa velada termina con Midge borracha y en camisón en el metro, dirigiéndose al antro donde actuaba Joel y Midge pensaba que solo se divertían en una aventura en pareja; con la botella del vino que pensaban degustar al día siguiente con el rabino en una mano, y el micrófono en la otra, se sube al escenario para compartir con la involuntaria audiencia las penurias que atraviesa, siempre en clave de humor e ironía. Al día siguiente, tras pagar la fianza por escándalo público y salir del calabozo, Midge regresa a casa y todo el mundo la insta a perseguir a su marido para que vuelva a su lado. Pero ella descubrirá que, a pesar de lo que siempre le han dicho, y de lo que ella misma ha creído, quizás la meta de una mujer no tenga que ser siempre hacer feliz a un hombre y formar una familia perfecta, sino que puede tener otros horizontes a su alcance, si está dispuesta a luchar por ellos, y creer en sí misma. 


Hablábamos antes de la creadora de La maravillosa Sra. Maisel, Amy Sherman-Palladino, responsable del trepidante guión que convierte a esta serie en una auténtica joya de Amazon Prime. Hasta este momento, había subestimado los originales de esta plataforma, pero nada más lejos de la realidad; la Sra. Maisel presenta una trama dinámica que en ningún momento se pierde o se enreda en sí misma, sabe a dónde quiere llegar y nos lleva gustosos hasta allí en un viaje que se nos antojará demasiado breve a pesar de los más de cincuenta minutos que dura cada episodio. 

Y ese Nueva York de 1958, ¡qué Nueva York! Con exquisito gusto y una ambientación cuidada al detalle, la serie refleja la cultura y el arte de la parte baja de la ciudad, los clubs de jazz envueltos en el humo del tabaco, las cafeterías llenas 24/7 de gente variopinta, las tiendas minúsculas de vinilos alternativos, los bares donde jóvenes intentan triunfar subidos al escenario, en un mundo que no siempre es justo, en definitiva, el sabor de la magia de una ciudad que nunca duerme y que cada noche puede deparar una aventura diferente; y, en contraposición, la parte alta de la ciudad y sus exclusivas salas de fiesta, a las que las mujeres acuden orgullosas del brazo de sus exitosos maridos y, engalandas con fabulosos vestidos, se toman cócteles entre la alta sociedad, asisten a exquisitos banquetes en sus enormes apartamentos, y viajan en coches impresionantes pululando alrededor de los rascacielos más despampanantes.  Todo ello acompañado de la banda sonora más típica de los años cincuenta, al ritmo de Frank Sinatra, Peggy Lee, y muchos más. 

Años cincuenta que son aprovechados para hilar esa trama cuya moraleja es, simplemente, la libertad. La libertad de expresión de los cómicos y los músicos de la parte baja, en una época en la que salirse de la rectitud moral se consideraba un delito, como vemos con la detención de Midge y demás humoristas cuando suben un poco el tono; libertad de perseguir tus sueños seas quien seas; libertad de la mujer en una época en la que sus opciones eran muy limitadas: o te casas o te quedas a vestir santos. Una libertad de la mujer que en esa época no era tan fácil obtener, no por las cortapisas de los demás, sino empezando por ellas mismas, que no se daban cuenta de todas las posibilidades que tenían si se decidieran a luchar por ello.
Como vemos en la serie, aunque de forma exagerada, al principio la Sra. Maisel se acuesta arreglada y maquillada para, después de que su marido se duerma, ella se levante de nuevo al baño y se coloque sus rulos y ungüentos que, a la mañana siguiente, se quitará rápidamente para volverse a maquillar minutos antes de que su amado Joel se despierte y la vea así radiante y perfecta. Y así noche tras noche. Vemos cómo se mide cada día los muslos, las caderas, el pecho, para comprobar que sigue todo igual y no excederse porque es posible que entonces deje de gustar a los demás, en especial a Joel. Y, por supuesto, vemos la dependencia absoluta en su marido, lo que no cesan en recordarla sus seres queridos, para que luche por él porque no le queda otra salida.
¿No le queda otra salida? Tras el mal trago de separarse de Joel, y con el apoyo de su inesperada representante y eventual amiga Susie, cuya confianza ciega deposita en Midge en cuanto la ve actuar por primera vez en aquella aciaga noche, la señora Maisel se da cuenta de que tiene al alcance de la mano ser algo más y no dejar caer su talento en saco roto, cuando además lo lleva inherente en el ADN. Hacer reír se le da de miedo, lo hace con genialidad en cada comentario que se le escapa y casi sin pensar, y los espectadores la acompañamos gustosos en su carrera por descubrir de qué es capaz, y convertirse en una verdadera humorista que triunfe sobre los escenarios. 


Por eso, esta historia es tan atractiva. Dulce, llena de vida, que sabe cómo acercarse al espectador, conseguir enamorarnos con sus personajes, reír con el humor que destila cada frase, contar lo que quiere contar sin que quede artificial, ni cándido, ya que en la evolución de la señora Maisel por descubrirse a sí misma, ésta acumula altos y bajos, idas y venidas, típicas de alguien que sale de su zona de confort y decide comprobar de qué es capaz, aunque tenga que volver al piso de sus padres, y hasta buscarse un empleo que, en esa época, para una mujer casada era volver atrás. Pero Midge confía cada vez más en sí misma, y se va superando, de manera encantadora y humorística, pero a la vez coherente y llena de sentido.  Una inspiración y una delicia de personaje, que ha encumbrado a Rachel Brosnahan al papel, por ahora, de su vida.

Pero, asimismo, completan el casting una serie de carismáticos secundarios que hacen un trabajo espléndido y complementan a la señora Maisel a la perfección. Su gruñona confidente y representante Susie, de lengua afilada (Alex Borstein), a la que todo el mundo confunde con un muchacho ("al menos me llaman joven"), y cuya amistad con Midge acaba por brindarnos diálogos genuina y simplemente brillantes (como en sus llamadas telefónicas, o cuando Susie visita por primera vez el "Buckingham Palace" del apartamento de Midge). El indeciso esposo, Joel Maisel (Michael Zegen) cuyo papel en torno a Midge sirve para comparar el cambio en la personalidad de ella del principio de la ficción al final, como él mismo constata. Y los padres de Midge, tan distintos pero tan divertidos y entrañables a partes iguales (Marin Hinkle y Tony Shalhoub), que, preocupados, la ven superar las adversidades y la apoyan, aunque en un tira y afloja muchas veces desternillante, y siempre enternecedor. 

Sin duda, un gran descubrimiento del 2017, que conjuga humor inteligente, una ambientación extraordinaria y actuaciones sublimes para traernos una maravillosa Sra. Maisel de la que esperamos la segunda temporada cuanto antes. Sin nada más, muchas gracias, y buenas noches.  




martes, 5 de junio de 2018

Black mirror, espejo de la deshumanización

La clave de la supervivencia de nuestra especie, al cabo de tantos siglos y milenios, ha sido sin duda nuestra capacidad de adaptación. En un planeta regido por la evolución, y por la supervivencia del más fuerte, la capacidad del ser humano, no ya de adaptarse al medio, sino de adaptar el medio a sí mismo, ha sido nuestra llave para hacer de la Tierra nuestro reino y de nosotros los seres humanos sus soberanos. Remontándonos al inicio de los tiempos, el control del fuego fue sin duda la tecnología más básica que hayamos podido aprehender, y la carrera contra el tiempo prosiguió con la proto-industria de la piedra y las múltiples herramientas que pudimos inferir de ella; proseguimos más tarde con la invención de la agricultura y la ganadería, que nos permitió ser dueños del suelo que pisábamos convirtiéndonos en sedentarios y comenzando así el desarrollo de las primeras civilizaciones. El resto (la rueda, la escritura, la pólvora, la imprenta...) es historia. El ser humano avanzó a través de los tiempos, cruzó océanos, descubrió parajes desconocidos, ganó guerras, imperios, y conquistó el Universo, gracias a su propia inventiva y a las tecnologías que iban poniendo remedio a las barreras que se iba encontrando en su camino. Pero llegado el siglo XX, parecía que no quedaba nada por inventar. Después de dos revoluciones industriales, la energía eléctrica, y la producción en serie, éramos escépticos a que aquellos armatostes llamados "computadoras" pudieran hacernos la vida aun más fácil. Pero así fue: los ordenadores cobraron una forma mucho más utilitaria y enseguida se inventó el internet, los teléfonos móviles y las redes sociales, la inteligencia artificial, etc. En las últimas décadas, nuestra sociedad ha avanzado más rápido que en los siglos anteriores. La generación de nuestros abuelos y la de nuestros padres no podía encontrar entre sí un abismo más pronunciado. La era digital ha despertado con hambre de prosperar y extenderse a lo largo y ancho del planeta, trascendiendo poco a poco a nuestras vidas para hacernos depender totalmente de ella.

Un chip que, implantado en nuestro cerebro, permite grabar a través de nuestros propios ojos todas nuestras vivencias, que podemos rebobinar y contemplar una y otra vez, proyectar en una pantalla, etc. Una función distinta del chip con la que literalmente podemos "bloquear" a las personas que queramos perder de vista, en la vida real, tras lo cual no podremos verlas ni oírlas. Un robot humanoide diseñado a imagen y semejanza de nuestros seres queridos perdidos para mantenerlos presentes en nuestras vidas tras su marcha. Una sociedad en la que tu estatus social y ventajas ciudadanas dependen de cuantos "likes", o, en su caso, estrellas, te regalen tus conciudadanos según tu comportamiento cívico. Un control remoto implantado en el cerebro de nuestros hijos para censurar lo que ven y escuchan y para tenerlos vigilados constantemente por videocámara. Una app de citas que pone fecha de caducidad a las relaciones, por las que deberás ir pasando hasta encontrar tu "match" perfectamente impuesto por la tecnología. Un candidato a la presidencia que no es más que un avatar satírico manejado por un cómico con la lengua afilada. Y un sinfín más de ideas para un futuro distópico que, sin embargo, no se nos debe antojar tan lejano, pues, como hemos presenciado a través de milenios, lo mejor que sabe hacer el ser humano es superarse y adaptarse al paso de los tiempos, y si combinamos los crecientes conocimientos tecnológicos a nuestro alcance, con la imperiosa necesidad humana de tenerlo todo controlado, puede dar lugar a resultados más que cuestionables.

Cada episodio de Black Mirror plantea una idea innovadora, un contexto distinto al anterior que, aunque en un principio parezca incluso atractivo, una serie de acontecimientos inquietantes irán hilando una trama con la que no podrás parpadear hasta conocer el desenlace, que te atrapará y te pillará desprevenido, provocando más que una exclamación y una boca abierta de desconcierto.  Te hará plantearte, "¿actuaría yo igual en esa situación?". He llegado a tener un debate de más de una hora con mi hermano en uno de los episodios que vimos juntos. Porque aunque Black Mirror tiene sus más y sus menos, algún episodio mucho más flojo de lo que nos tienen acostumbrados, en general, no te dejará indiferente. Como mínimo, irrumpirá en tus principios más arraigados y los pondrá en duda. Su incesante trama te mantendrá clavado en el sofá, y su tesis te hará regresar a por más, a descubrir con qué idea revolucionaria te bombardean la siguiente vez. Su ritmo es frenético; sus personajes, variopintos y reales, y el guión, perfectamente construido para cerrar el conflicto y abrir en su lugar mil preguntas al respecto.

Black mirror nos da una bofetada con nuestro propio guante, nos lanza un jarro de agua fría para despertar y ser conscientes de hasta dónde seríamos capaces de llegar como sociedad, como especie.
No solo habla de aparatos endemoniados que se vuelven contra nosotros, sus creadores, sino de nosotros mismos, los doctores Frankenstein de esta historia, y cómo podemos llegar a dar rienda suelta a nuestros impulsos más desenfrenados,  alimentados por nuevas herramientas tecnológicas, cada vez más poderosas. Los celos, las inseguridades, la vanidad, la nostalgia, el auto-engaño, la obsesión.
Porque Black mirror es, volviendo a nuestro presente, el "espejo negro" de nuestras pantallas digitalizadas donde nos miramos cada vez con mayor deshumanización, dejando atrás lo que un día nos hizo naturales, auténticos, racionales, y perdiendo nuestra propia esencia mientras nos dejamos absorber y tragar en la inmensidad de una pantalla en negro. Una inmensidad vacía, llena de nada. Todos lo sabemos pero participamos del juego gustosos. Aceptamos términos y condiciones para convertir nuestros datos en mercancía para las grandes empresas y encantados nos convertimos durante horas en esclavos de estos espejos en negro que todos tenemos en nuestros hogares, ya sea para trabajar, pasar el rato, construir en el "muro" la imagen que queremos que todo el mundo perciba de nosotros, e incluso entablar una guerra digital en las redes por ver quién es más políticamente correcto, quién merece nuestro odio por pensar diferente, y a quién aplaudimos a "likes" tras farfullar cuatro cosas que no nos molestamos ni en contrastar. Es curioso como un espacio que fue concebido como un oasis en pos de la libertad de expresión de sus usuarios, se ha convertido en un campo minado para quienes no siempre piensan como la mayoría dice que se debe pensar, o no están de acuerdo con el "hashtag" más popular. Y es curioso como un espacio nacido para dar mayor cabida a la libertad de información se ha convertido en la "hora de la post-verdad" en la que no importa cuanta dosis de realidad haya en una publicación, sino las palabras que se deben usar para causar una mayor sensación entre los "followers". Y es curioso como algo que pronosticaba un mayor acercamiento de los unos con los otros se ha convertido en una poderosa arma de enfrentamiento y de aislamiento. A estas alturas, Hated in the nation se asemeja terriblemente posible, más que Nosedive, que ya es nuestra realidad.
Tristemente, no podemos hacer nada por remediarlo, porque nuestra sociedad ya se sostiene demasiado en estos pilares cibernéticos. Hoy día es imposible trabajar o estudiar o sin un ordenador.  Cuando salimos de casa nos sentimos desnudos, expuestos, inseguros, sin nuestro teléfonos móviles en el bolsillo. Y por otra parte, no me engaño creyendo que solo tiene un lado oscuro. Internet es maravilloso y aterrador. Igual que un pozo sin fondo para nuestros instintos más peligrosos, también es un océano de posibilidades, de investigación, conocimiento, difusión, etc. Puede que de cabida a todo tipo de bajezas que no somos capaces ni de imaginar, de dispersar mensajes peligrosos, de provocar también masivas avalanchas populares de odio cocido al fuego de la ignorancia. Pero por otra parte, pone a nuestro alcance la posibilidad de llegar a ser, a abarcar, mucho más, de aplicar a nuestra vida y profesión innumerables herramientas que de otra forma no tendríamos disponibles, y de juntar a multitudes que nada tienen que ver bajo un propósito mayor. Puede encerrarnos en nosotros mismos y aislarnos precisamente de los que tenemos a nuestro alrededor, que quieren disfrutar de una compañía que no sea una persona pegada a un aparato de coltán, pero también puede derribar fronteras y permitir que podamos interactuar con quienes están lejos.
Como siempre, y al igual que el resto de las victorias del hombre en su carrera contra el tiempo, en pos de la evolución, el rumbo que tomen nuestros espejos en negro dependerá de las intenciones con las que decidamos asomarnos a ellos. De nuestra consideración por nuestro propio mundo, el que existe antes que aquellos, y en lo que queramos que se convierta.


viernes, 22 de enero de 2016

En la tuya o en la mía

Una bonita costumbre casera que estilamos en la familia y supongo que compartimos con multitud de otros hogares es el debate "cocinero" mientras nos reunimos durante una comida o merienda y sintonizamos en la radio nuestro programa favorito de actualidad. Son esos intercambios de pareceres intergeneracionales, a veces acompañados de cierta exaltación, los que te permiten conocer el punto de vista de quienes tienes más cerca durante la mayor parte del día y ensayar con ellos los debates que más tarde entablarás con amigos o compañeros de clase. Luego están esos debates en el cercanías de vuelta a casa que, tras una larga jornada sentados en las incómodas sillas de la facultad, siempre son recordados con una sonrisa por hacernos sentir como verdaderos parlamentarios discutiendo con turno de palabra y todo como si de ello dependiera el mañana. Bueno, mi pasión por defender algunas causas, a veces perdidas, no tiene límite...
Sin embargo, ¿qué tiene que estar pasando para que poco a poco me esté desenganchando de ese maravilloso hábito de preguntármelo todo y discutirlo todo? Parece que en casa hace tiempo que nuestras paredes no son testigos de nuevos cara a cara, y parece que el tren del cercanías nos ha contagiado su misma neutralidad. Yo misma, lejos de considerarme apolítica, cada vez me siento menos dispuesta a discutir, ya que resulta divertido solo cuando es mínimamente difícil defender tu causa por tener que rebatir argumentos sólidos del contrario. Útimamente toda la realidad de actualidad que nos rodea, especialmente la que más nos llega ahora que es la relacionada con la política,  me parece incoherente, absurda, demagógica, hipócrita, circense... alimentada por las redes sociales que en su cara más feroz unen ciertos colectivos como rebaños ciegos aplaudidores de la ignorancia absoluta.
Así que al alejarme un poco de esos programas de actualidad que antes solía escuchar pero que ahora que solo me transmiten una gran impotencia por tener que aguantar toda esta mascarada descubrí un cierto respiro, En la tuya o en la mía. 


La nueva propuesta para TVE de Bertín Osborne me parece más que acertada en estos tiempos que corren. Aunque en mi entorno he escuchado críticas razonables a su programa, de personas dedicadas al periodismo que ven al cantante como un intruso en su mundo, para mí él no es el problema. El problema es que no haya más como él. Ojalá hubiera más profesionales procedentes de cualquier ámbito, que nos propusieran algo tan interesante e innovador como En la tuya o en la mía
El programa básicamente nos presenta a Bertin como un guasón anfitrión que pasa un rato agradable con un ilustre invitado ya sea en la casa del cantante, en su enorme finca de Sevilla con la legendaria parra, o en el hogar del entrevistado. Charlan en un sofá sobre sus vidas, sus pensamientos, sus experiencias, su bagaje artístico... y luego, siempre a petición del hambriento Bertin, cocinan un delicioso plato junto a un par de copas de vino. Como si fueran dos amigos de toda la vida, como si se tratara de tu mismo salón en una reunión de amigos, pero con personalidades que se nos antojan lejanas como Carlos Herrera, Lolita Flores, Carmen Martinez-Bordiú, Adolfo Suárez Illana, Arturo Fernandez, Pedro Sánchez, y hasta Mariano Rajoy, entre muchos otros.



Así, se nos permite conocer sinceramente a personas representantes de nuestra cultura de una forma mucho más cercana y amena, ya que de lo tranparente que es el programa, en él no caben mentiras, verdades disfrazadas o cizaña hipócrita. Un programa en el que sus protagonistas se desnudan emocionalmente frente al espectador, como llega a decir Bertin en alguna ocasión. Un rato, en fin, para nada desperdiciado en el que hasta el invitado que más creías conocer te sorprenderá de lo natural y espontáneo que se muestra. Tanto es así que está claro, pese a las dotes de Bertin de sacar lo mejor de cada entrevistado, quienes tienen más vida y experiencia que otros, quienes, en fin, son los que ya están de vuelta.


Además, es una proyecto hecho con cariño y buen gusto, pues independientemente del encanto de sus protagonistas, las casas siempre están impecables y llenas de vida;  la realización es muy emotiva con la inclusión de retazos de las vidas de los invitados a través de fotografías personales, homenajes en forma de retratos y declaraciones de familiares; la música consiste en preciosas covers de conocidas canciones; al principio y al final se nos lee en voz en off una narración de Bertin acerca de sus invitados y su punto de vista acerca de éstos... Un programa cuidado y hecho con sensibilidad, algo que a mí me falta en la televisión española.
Por último, destacar por supuesto la cantidad de risas que Bertin y sus invitados nos brindan con la parra inmortal, la cocina de inducción imposible de encender, la laberíntica finca sevillana del anfitrión, las partidas de futbolín que disfrazan verdaderas batallas de preguntas... Mis episodios favoritos, sin duda, los que me hicieron reir a carcajadas como el de los Morancos o el de Alaska y Mario Vaquerizo, los que me emocionaron como el de Adolfo Suárez Illana y los que me sorprendieron como los de Mariano Rajoy, Anne Igartiburu y Ramón García o Ana Obregón.
Así pues, dejemos de pensar que Bertin invade la televisión injustamente, pues hoy día existen cantidaes injentes de programas de entrevistas o debates a cargo de periodistas de verdad con propuestas diversas, pero ninguno como Bertin. Y es que él y su forma de llevar En la tuya o en la mía son únicos, inimitables y desde luego, de agradecer. Más, ¡por favor!

Web para ver los programas, y otros detalles: aquí



viernes, 30 de enero de 2015

The Walking Dead

Hace tiempo escribí una entrada acerca de la exitosa película Django Desencadenado, de Tarantino. En mi reseña argumenté muy a favor de dicho film ya que, además de todas las características que hacen de éste una obra maestra, consiguió provocar en mí un cambio en mi forma de ver cine, cosa que pocas películas consiguen... Desde que apagué el televisor tras degustar esta brillante película, no he vuelto a ser la misma cinéfila de siempre... En cierto sentido, crecí, pegué un estirón cinéfilo...
Comencé a exigirme más en cuestiones de series y películas. Ya habían quedado muy atrás las sagas juveniles tipo Los Juegos Del Hambre o las comedias románticas al estilo de Crazy Stupid Love que, de un día para otro, dejaron de parecerme entretenidas y merecedoras del escaso tiempo del que disponemos para sentarnos frente a una pantalla. De un día para otro, las series a las que estaba enganchada, como Crónicas Vampíricas , dejaron de ser suficientes para mí. Cual "caminante" con hambre insaciable, ansiaba material de más calidad, de más profundidad, de más estilo Tarantino... algo que quebrantara las leyes de la televisión y me planteara un reto. Algo trangresor y novedoso, irrepetible y único, salvaje y sin escrúpulos. Y, de repente, lo encontré.


Ya había intentado probar una dosis de The Walking Dead hacía años, bajo recomendación de mi prima, experta en este tipo de series. Sin embargo, mi todavía inexperto estómago no consiguió resistir a la experiencia. Hace varios meses volví a intentar acabar un capítulo sin apartar la mirada de la pantalla. Como Tarantino me había curtido de sobra, no solo superé la prueba y dejé de imaginarme que un zombi entraba por la ventana, sino que encontré lo que andaba buscando: una serie de calidad, que cumplía mis altas expectativas y anhelos. Me enganché sin remedio y, a día de hoy, ya he engullido con ferocidad las cuatro temporadas y media que ha emitido la cadena AMC y estoy a la ferviente espera de que su creador Kirkman estrene la segunda mitad de la quinta la semana que viene.
¿Por qué me ha encandilado tanto esta serie que, aparentemente, solo se basa en gore y zombis a diestro y siniestro?
Fácil respuesta: ésta es una serie de "fuera de serie". Son un conjunto de elementos perfectamente combinados los que hacen que la serie The Walking Dead sea altamente recomendable para amantes de la aventura y el riesgo televisivo.
Por una parte, Robert Kirkman, creador de los cómics en los que se basa la serie y, por consiguiente, guionista y productor, ha hecho una labor asombrosa con la trama, los personajes, los diálogos y los desenlaces. Cada temporada explora con precisión el crecimiento emocional de los personajes y sus emociones, sentimientos y percepciones más profundos, permitiendo al espectador participar del apocalipsis zombi que vaticina la serie de forma casi real. Además, los nudos que va enredando Kirkman entre los protagonistas son complejos y exige no apartar la atención de la pantalla un solo momento para entenderlos, lo que crea ese ambiente de suspense y tensión que tanto nos gusta a sus seguidores... Cada vez que alguien me pregunta por qué veo esas cosas, respondo que lo que me gusta no es ver "caminantes" en sí, sino cómo viven los sobrevivientes esa experiencia, cómo reacciona la parte más natural del ser humano a las situaciones límite...
Por otra parte, la trama es conjugada con una ambientación y fotografía que pocas series de ficción consiguen... Cada plano de cada episodio transmite a la perfección la imagen de devastación, soledad y caos que se pretende hacer llegar al espectador. Esta imagen también es transmitida, cómo no, por el asombroso maquillaje de los "caminantes", razón por la cual tuve que dejar de ver la serie la primera vez que me sumergí en ella. Y no solo el maquillaje de los zombis es el más logrado; la imagen de los protagonistas está cuidada hasta el extremo, mostrando el paso del tiempo y el cambio de personalidad de cada uno. Además, y virando hacia otro tema que también valoro mucho en la televisión, la banda sonora que acompaña a los personajes en su lucha por sobrevivir es realmente estimulante, pues al escucharla, en especial la de apertura, se genera en el interior del espectador la necesidad de seguir viendo más The Walking Dead, más historia, más aventura.
Ahora solo me queda recomendaros que deis una oportunidad a esta serie, como ya dije al principio, "fuera de serie", pues seguro no os decepcionará. Eso sí, si sois muy sensibles a la sangre, o de estómago frágil, tened cuidado con los "caminantes"...



miércoles, 12 de marzo de 2014

Los misterios de Laura

La verdad es que casi nunca enciendo la tele tras una larga jornada de trabajo, ni me dejo llevar por la quietud del sofá o por el atrayente sopor que emana de los reconfortantes cojines. Sin embargo, los martes, a las diez y media en punto, hago siempre una excepción, casi obligada. Y es que en La Uno, puntual como siempre y envuelta en su gabardina y en su aura de crímenes imposibles, aparece Laura.
"Los misterios de Laura" se ha convertido definitivamente en una de mis series favoritas. Cada episodio de esta trepidante serie policíaca nos muestra el desenlace de un crimen aparentemente imposible de resolver. Sin embargo, poco a poco, Laura (María Pujalte), cuyo apellido "Lebrel" hace honor a su olfato detectivesco, va consiguiendo las pruebas que necesita para hallar al culpable, siempre con la ayuda de su atractivo compañero Martín (Oriol Tarrasón), de su ex-marido y jefe Jacobo (Fernando Guillén-Cuervo), de Cuevas (César Camino), un experto y tímido informático, y de Lydia (Laura Pamplona), una altiva pero eficaz investigadora. Juntos hacen "piña" y dan respuesta a los casos más complicados. 
La serie es, pues, muy entretenida e inesperada, pues el desarrollo de los acontecimientos casi siempre te deja con la boca abierta. En ello contribuye la hábil actuación de los actores, que consiguen dotar a la serie de una marca y estilo propios: la perspicacia e ironía de Laura, el afán paternalista de Jacobo con sus compañeros,  las torpezas de Cuevas, los chistes de Martín... Otro punto a señalar es la música, siempre desencadenante de la intriga y del misterio, y la introducción, que recuerda a las de las películas de la Pantera Rosa o a las de James Bond...
Por otra parte, la serie consigue acercarse al público que está en el salón, al otro lado de la pequeña pantalla, pues se pone en su lugar siendo Laura a la vez una exitosa policía y una paciente madre de dos traviesos gemelos, teniendo problemas "terrenales" como el divorcio de Jacobo, o manteniendo animadas y divertidas conversaciones con su madre Maribel (Beatriz Carvajal), una mujer directa pero muy protectora con su familia. 
En fin, "Los misterios de Laura" es una serie para ser vista e incluida en el "Top 19" de las series españolas del momento, estando ya en su tercera temporada y habiendo sido cedidos los derechos a otros países para la realización de diferentes versiones de la serie, como en Estados Unidos, por ejemplo.
Aquí os adjunto el link a la página web de la serie, para que podáis descubrir a Laura y sumergiros en los entretenidos momentos que nos hace pasar, pues es una buena oportunidad para echarse unas risas y jugar con nuestro olfato y capacidad de deducción...





viernes, 7 de diciembre de 2012

Un país para comérselo... ¡en Cádiz!

Hoy he visto con mis padres, un programa en la tele, que sin duda me ha emocionado. No solo porque me envolvió desde el primer momento, sino también porque recono los lugares que aparecían en él, al haberlos visitado cuando vivía en Andalucía.
Y es que, en el programa que vimos hoy, de "Un país para comérselo", Imanol Arias y Juan Echanove viajaron a la provincia de Cádiz, a la que tienen especial cariño. 
A la vez que iban recorriendo los lugares más interesantes, se escuchaba de fondo música flamenca, algo que no podía faltar, entremezclada con la narración de su viaje. 

En Cádiz, tapearon sin descanso por el barrio de la Viña; pasaron un buen rato disfrazándose en la tienda de Pepi Mayo; probaron la especialidad del Ventorrillo, la tortilla de camarones, y descubrieron a las cabras payoyas en la sierra de Grazalema... 

En el Puerto de Santa María, conocieron los originales platos del cocinero Ángel León (al que le gusta experimentar con el pláncton), con el que, además, probaron los deliciosos churros de Charo y recorrieron el mercado en busca de un pescado muy particular...

En Jerez, Imanol se dejó embrujar por el arte de los caballos, y el vino oloroso, paseando por los largos pasillos de las bodegas Hidalgo.  
 
En San Fernando conocieron la Venta de Vargas, donde respiraron una atmósfera flamenca, en la que el mismo Camarón pasó largos ratos junto a otros cantaores. 

Luego acudieron a Barbate, donde se dejaron "atrapar" por la levantá de la almadraba y el ronqueo del an.
 
Por último, disfrutaron de una impresionante puesta de sol, algo que no nos podemos perder si vamos a Cádiz...
Recomiendo este programa tan especial, a todos los que améis viajar, la cocina, tener nuevas experiencias... en fin, se lo recomiendo a todo el mundo, ya que en Cádiz no hay más que belleza.

La segunda temporada ya ha terminado, pero espero que realicen otra muy pronto...

De momento, os dejo el enlace a su página web, concretamente al apartado de Cádiz, donde encontraréis vídeos, itinerarios, recetas...

http://www.rtve.es/television/un-pais-para-comerselo/cadiz/