martes, 4 de junio de 2013

¡Oh, Venecia...!


El avión aterriza  suavemente en el aeropuerto Marco Polo. Las luces del atardecer se cuelan por la minúscula ventanilla. Turquesa, naranja, añil… son los diversos colores que, a la fuga de la paleta del virtuoso, casi divino Tintoretto, envuelven en un cálido abrazo a Venecia, la Gran Venecia…
Al atravesar las enormes puertas blancas del Marco Polo, como si de un palacio se tratara, me dirijo presurosa a la orilla de la laguna, y la admiro con los ojos abiertos de par en par. Es verdad lo que dicen, resulta tan bella como inmensa… envidio a las gaviotas que, libres y caprichosas, sobrevuelan las calmadas aguas que circundan e inundan la ciudad encantada.
Tras encerrar el embelesador paisaje en mi caja de los recuerdos, tomo un taxi que me acerca a mi ansiado destino surcando velozmente la laguna…


Llego a la Plaza de San Marcos, y la belleza me golpea sin previo aviso.  
Allá donde dirijo mi mirada veo algo que no hace más que emocionarme.
El imponente león alado, símbolo de la gloriosa república veneciana, me saluda con un majestuoso aleteo de bienvenida; la Torre del Reloj se erige firme y gallarda, marcando su posición privilegiada en el corazón de la plaza; la Basílica resplandece junto al Palazzo Ducal con la luz marchita del atardecer, recordando lo que un día fue la grandiosidad del poder del dux; los “procuratie” han sustituido a los nobles procuradores venecianos por cientos de turistas que, embelesados al igual que yo ante el fastuoso escenario que nos rodea, apuran  el crepúsculo en las terrazas que más bien parecen distinguidos palcos salidos de la Fenice...
El reloj marca las nueve y, sucumbiendo al síndrome de Stendhal,  me dirijo al Palazzo Soderini, que albergará mis noches en Venecia. Antes de desaparecer en las laberínticas calles de la ciudad, me detengo a escuchar los lamentos que se escapan por las centenarias rendijas del Puente de los Suspiros, donde los prisioneros del dux contemplaban su ciudad por última vez, antes de hundirse, para siempre, en las tenebrosas mazmorras subterráneas del Palazzo Ducal.
Entregada a Morfeo, se cuelan en mis sueños los llantos del niño Vivaldi, bautizado en la cercana iglesia del campo Bandiera e Moro, que poco a poco se transforman en notas armoniosas que recrean en mí la primavera más hermosa que jamás haya escuchado.
Ya es por la mañana, y, plenamente repuesta y llena de energía, paseo por el jardín del palazzo y me siento a desayunar un delicioso manjar, mientras escucho el gorgoteo de la escultural fuente renacentista de mármol, que preside el patio arbolado del palazzo.
Mis pasos se dirigen ahora, y con seguridad, hacia el puente más antiguo de la ciudad que atraviesa el Gran Canal, el Puente Rialto.
Los antiguos mercaderes, que enriquecieron la ciudad con sus artículos de lujo, han cedido su espacio a los talleres actuales de joyas, cristal, y souvenirs; sin embargo,  aún su espíritu y sus voces se dejan escuchar, si agudizo el oído y me detengo un instante entre la multitud que, cámara en mano,  invade el puente veneciano. ¡Ay, si Antonio, Bassiano y Porcia levantaran la cabeza!
Huyo del ajetreo estrepitoso del Puente Rialto, y me refugio, como no podía ser de otro modo, en una preciosa góndola decorada en su mástil  por hábiles manos, que le supieron insuflar vida en forma de grandiosa ave fénix. Enriquecida a su vez con suntuosas telas granates, y confortables almohadones con brocados de seda.
Cuba, el bello gondolero sefardí, me acomoda con galantería en la nave, mientras que, con su sonrisa, consigue que me sienta como la reina de Saba.
Mientras hunde el remo acariciando las aterciopeladas aguas del canal, su melena rubia al viento, su voz, y el frescor de la brisa marina sobre mis mejillas me adormecen ante tanta maravilla.
Ante nosotros se dibujan las siluetas de coloridos palazzos ornamentados con toda clase de figuras, frescos, columnas… 
 
Cuba parece leer con su aguda mirada mis pensamientos, pues, para hacer de este dulce paseo un postre inolvidable, comienza a narrar una antigua e interesante historia sobre sus antepasados judíos, quienes se vieron obligados a vivir en el primer gueto del mundo por las autoridades caprichosas de la ciudad.
El relato de Cuba me conmueve profundamente, al imaginar a los cientos de familias judías quienes, con amplia amargura, se vieron avocadas a precipitarse sin remedio hacia su irrevocable destino. 
Llegamos a Cannaregio, donde se ubica el antiguo gueto judío, y me despido de Cuba con una amistosa sonrisa dibujada en el rostro.
Las ansias por descubrir este “sestiere” tranquilo  y misterioso, me golpean en el pecho con fuerza, la fuerza de la emoción.
Llego hasta el Campo dell’ Abbazia, donde se puede escuchar la brisa veneciana acariciando las regias paredes de la Scuola Vecchia della Misericordia. Apoyada en estas blancas paredes, cargadas de la sal que el viento trae consigo, me dejo llevar por el embrujo de este lugar hasta entornar ensimismada mi atento mirar. Tan solo consigue despertarme el creciente murmullo de un grupo nutrido de doctores judíos quienes,  ataviados con sus particulares vestimentas oscuras, acuden presurosos a la iglesia secularizada. Al igual que ellos, respiro hondo para recoger el sabor salino del aire, y retomo mi paseo por la Gran Venecia.
Al caminar junto al ya decadente hogar de Tintoretto, juro escuchar con claridad las pinceladas enérgicas que el muchacho veneciano dibuja sobre sus lienzos de seda, a la que debe su conocido nombre, mientras la luz inspiradora del cinquecento brilla sobre su dramática figura.
El sol comienza a resbalar por los tejados de los palazos, a la orilla de los canales, dirigiéndose hacia el fondo de la Laguna perezosamente. Por ello, dirijo mis pasos hacia San Marcos, allá donde comenzó mi largo paseo.
Sin embargo, al girar la esquina de uno de los callejones de Castello, noto que no estoy sola en estos lares. En efecto, un asombroso personaje descansa sobre un pequeño pedestal, a escasa distancia de mí. Un antifaz de terciopelo granate esconde la secreta identidad de quien con garbo lo porta; el fino maquillaje que le cubre denota sus rasgos puramente itálicos; el silencio de su quietud me provoca un leve estremecimiento, y las telas que lo arropan ofrecen a las miradas curiosas una gama diversa de los colores más vivos que existan.
De repente, la majestuosa estatua abandona su pose, incluso su pedestal, para caminar con encanto sobre el suelo empedrado, cobrando, de este modo, un hálito de vida inesperado que me hace dar si no uno, dos saltos de sorpresa y agrado. Justo en este instante, la estatua rebelde gira sobre sus revividos talones para echar a correr sin cansancio en mi dirección. Como si a mi lado una pistola de fogueo se hubiese disparado, yo también agilizo mi paso, volando sobre los puentes y los palazzos. La ágil escultura no cesa su carrera, y, tras de mí, apura el paso, como si desease cazarme lo antes posible. Yo no me rindo tan fácilmente y alzo la vista en busca de un refugio. Y allí lo encuentro. Si mis ojos agotados no me engañan, un jardín de ensueño se extiende ante nosotros. Atravieso sin demora sus verjas de hierro, y acelero mis zancadas entre arbustos, tierra, y ramas. Sé que aún la estatua de bella apariencia me persigue, pues noto su aliento cerca de mí, mientras deja escapar unas risas de diversión.  Sin embargo, éstas no hacen otra cosa más que otorgarme el impulso que necesito para encaramarme a un gigantesco tobogán en el que, inocentes, juegan los niños. Me escondo en su morada poblada por juguetes, y observo, desde lo alto, cómo mi perseguidor se detiene a los pies del columpio. Tomamos aire ambos y, con emoción, compruebo que, detrás del antifaz de terciopelo y de la estatua con pies de liebre,  aparece un atractivo joven veneciano. Antes de darme tiempo a descender de mi guarida infantil y saludarle, la escultura humana me deja con la palabra en la boca, y con un guiño de ojos juguetón en mi recuerdo.
Cuando por fin rozo el suelo, ya está a punto de ceder el día; para reposar después de tan agitada carrera, cual Dafne y Apolo, tomo la resolución de degustar un delicioso gelatto en San Marcos.
Frente al maravilloso corazón de la Gran Ciudad, bajo los últimos rayos del atardecer y con el chocolate fondant deshaciéndose en mi paladar, escucho la maravillosa aria de “Nessun Dorma” de “Turandot”, representada en boca de un talentoso camarero quien, con la mirada clavada en la Basílica, dedica sus maravillosos cantos, no a la hechizada princesa de Puccini, sino a su verdadero amor, que es también el mío: Venecia, la embriagadora y Gran Venecia.
Finalizado este día de sorpresas y emociones, doy la espalda al león de piedra que, descansando sobre su elevado pedestal, hace unas horas me dio la bienvenida.
Ahora camino solitaria y bajo la luz de la luna por las laberínticas calles venecianas, en cuyas vitrinas las presumidas máscaras, con atentas miradas, vigilan los andares de los desprevenidos turistas.
-¡Oh, Venecia, oh, Venecia, mátame con tu hechizado rayo de luna, porque si me alejo de ti, moriré de amargura!

miércoles, 17 de abril de 2013

Cuénteme la verdad...

“Abrió un ojo verde, e impasible me miró un instante y volvió a cerrarlo…”

Así concluye un libro fantástico del que pude disfrutar hace poco: “El cuento número trece”, de Diane Setterfield. Se trata de su debut como novelista; sin embargo, al deslizarme a través de sus líneas, tuve la sensación de estar leyendo a un escritor experimentado, un clásico.

Y es que, cuando saboreé la primera página, ya me resultó imposible desengancharme. Su magistral forma de escribir me transportó en un mágico instante a la mansión Angelfield, donde las astutas gemelas jugaron con mis sentimientos: me provocaron tristeza, terror, suspense, alegría… todo en estas 473 páginas.

En ellas se narra la historia de Vida Winter, una afamada escritora quien, sabedora de que se marchará pronto de este mundo, contrata a Margaret Lea, una joven biógrafa, con el objetivo de revelarle sus secretos más oscuros. Por lo tanto, cada vez que ambas se reúnen en la biblioteca de Winter, se produce un “flashback”, que nos transporta a la ya mencionada mansión Angelfield. En ella, varias generaciones de esta extraña familia han dejado su huella, pero todo se vuelve todavía más excéntrico y decadente cuando llegan las gemelas March, quienes se hacen desde muy pronto con el control de la casa y siembran problemas y misterio allá donde dirigen sus pasos.

No puedo revelar más detalles. Si deseáis conocer a las traviesas gemelas pelirrojas y a la ruinosa mansión Angelfield, os recomiendo sin lugar a dudas que devoréis “El cuento número trece”. Os aseguro que merece la pena descubrir todo lo que nos ofrece: personajes cuyos perfiles entretejidos, sin dejar cabo suelto, despiertan el misterio y la intriga; la mezcla de situaciones con un terrorífico suspense y momentos de gran belleza descriptiva; diálogos trabajados que captan la atención y que a veces han de leerse entrelíneas; y la particular atmósfera que envuelve a la novela en general, dándole una belleza solemne típica de los clásicos del siglo XIX.

“El cuento número trece” ya ha sido alabado por multitud de críticos literarios. Personalmente, solo espero que Diane Setterfield nos vuelva a ”atrapar” con un nuevo y magnífico “cuento”, pero que nos transmita la misma fuerza y encanto con los que se dio a conocer.


miércoles, 10 de abril de 2013

Homenaje a José Luis Sampedro


El pasado ocho de abril falleció José Luis Sampedro, un escritor y humanista español.

Yo nunca había leído nada suyo hasta esta misma mañana, cuando, en clase, nuestro profesor de latín nos presentó un fragmento de la entrevista llevada a cabo por Luz Sánchez Mellado (El País) a Sampedro.

En este texto, el escritor da su opinión acerca del miedo a la muerte, sentimiento inherente a todo ser humano.


“Frente al exterior que no podemos conocer del todo, hay una actitud de inquietud e indefensión. Eso nos lleva a decir: voy a transformar el mundo, como dicen ahora. Yo no pretendo cambiarlo, sino estar en armonía con él, y eso supone una vida que cursa como un río. El río trisca montaña abajo, luego se remansa, y llega un punto, como estoy yo, en que acaba. Mi ambición es morir como un río, ya noto la sal. Piense en lo bonito de esa muerte. El río es agua dulce y ve que cambia. Pero lo acepta y muere feliz porque cuando se da cuenta ya es mar.”

Me parece un pensamiento admirable. Y especialmente me he emocionado cuando Sampedro proclama “mi ambición es morir como un río, ya noto la sal”.

Todo lo que afirma Sampedro en este texto es muy bello, y ojalá algún día yo llegue a plasmar mis ideas de forma tan clara y hermosa como lo hizo él.







domingo, 17 de marzo de 2013

Cuatricromía

El otro día me encontraba sumida en el intríngulis de mi mundo interior, totalmente absorta, cuando un sonido fresco, “happy” y lleno de vida,  me arrancó de mis pensamientos. Como por arte de magia, la alfombra se convirtió en una pista de baile, la débil lámpara de mi habitación en un foco de colores, y el ritmo de la nueva canción de Fangoria, “Dramas y comedias”,  en una revitalizante  vitamina para mi cuerpo que le hizo moverse hasta caer rendido. Las ideas que ocupaban mi mente se esfumaron sin más demora, y Alaska, con su voz llena de personalidad, consiguió eliminar toda mi energía negativa, e insuflar a mi cuerpo un nuevo y refrescante vigor.
Y no solo el ritmo es sumamente pegadizo.  También el vídeo de dicha canción resulta muy atractivo, debido a sus psicodélicas imágenes y su intenso colorido. Además, la letra transmite un mensaje cargado de positivismo, algo imprescindible para los tiempos que corren.
Este single tan especial forma parte del nuevo disco de Fangoria, “Cuatricromía”, que fue publicado el 26 de febrero, pero que ya arrasa en todo el país. Contiene cuatro EPs, cada uno coloreado de forma diferente. Estos colores representan las distintas facetas de Fangoria que el grupo se ha dedicado a explorar, por lo que cada EPs ha sido producido por una casa distinta. Así, el azul contiene canciones pop, y está producido por Guille Milkyway. El magenta está influenciado por el rock & roll, y el productor es Sigue Sigue Sputnik. El amarillo, tiene una faceta más electrónica, a cargo de Los Pilotos. Por último, el negro explora la cara más gótica de Fangoria y está producido por Jon Klein, miembro de “Specimen”.
Este nuevo disco, el undécimo del grupo, resulta muy interesante. No solo por sus canciones, cuyo mensaje, como señalé antes,  nos anima a ser fuertes, superar las adversidades y  seguir sonriendo. La forma en la que se ha creado, aceptando diferentes influencias de las distintas casas productoras que han trabajado con Fangoria, no hace más que enriquecer al disco, en lo relativo a variedad y originalidad. Me ha gustado mucho esta idea de los “cuatro colores”, ya que así podemos escuchar diferentes tipos de música según nos sintamos por dentro. De hecho, la canción “Dramas y comedias”, la primera del EPs azul, consiguió hacerme desconectar por un buen rato de los problemas y “comeduras de coco” que he tenido esta semana, transmitiéndome, por un lado, una grata sensación de ligereza y tranquilidad, y, por otro,  muchas, muchas ganas de moverme y danzar por la habitación como una loca.
Una loca por la música…



miércoles, 20 de febrero de 2013

Intocable


¡Feliz Año Nuevo, mis queridos lectores! Bueno, es verdad que esto no pega demasiado a día de hoy, veinte de febrero, pero espero que me disculpéis, pues os aseguro que no he dispuesto de tiempo hasta ahora para recostarme en el sofá, encender el ordenador, y disfrutar de mi hobbie favorito… 

Para celebrar que por fin nos hemos reencontrado, hoy os presento… ¡una película!  Hace unos meses la vimos en clase de francés, y, a pesar de no enterarme de la mitad debido a mi escaso dominio del idioma, ya se convirtió entonces en una de mis favoritas.  Hace poco la pude disfrutar en un esclarecedor español, y, por eso, ahora puedo hablar sobre ella con un poco más de conocimiento...

Fue estrenada en 2011, y está basada en hechos reales. Sus protagonistas se llaman Driss y Philippe y, a pesar de pertenecer a entornos totalmente opuestos, pues Driss proviene de los suburbios de París  y Philippe pertenece a la élite parisina, entre ellos irá surgiendo una amistad muy especial.  Mientras que el carácter fresco, divertido y algo brusco de Driss hace “rejuvenecer” por dentro a Philippe, éste se encarga de “reeducar” a Driss, introduciéndole en el ambiente refinado que hasta ahora desconocía.
 ¿Qué les llevó a forjar esa increíble amistad? Una entrevista de trabajo de tan solo unos pocos minutos. A Driss nunca se le pasó por la cabeza que su vida pudiese dar un vuelco, al colarse en una “ronda” de entrevistas en un palacete parisino, donde Philippe, tetrapléjico a causa de un accidente,  buscaba sin descanso a un asistente algo convincente, “que no tuviese piedad de él”, según sus propias palabras.


Además de la trama, muy interesante y original, y la miscelánea musical que se escucha a lo largo del film, una de las características más atrayentes fue, sin duda, el humor inocente y a la vez pícaro de Driss, y la ironía de Philippe. Estos dos elementos formaron un combinado de carcajadas que me hicieron disfrutar desde principio a fin, especialmente una escena tronchante en la cual Driss, tras ser sometido a un pequeño “examen” musical por Philippe , se mueve al ritmo de Earth, Wind and Fire, animando una aburrida fiesta de cumpleaños.

Aunque no todo son risas y bromas. La película, cargada también de valores y momentos realmente emotivos, me ha enseñado la cara de la amistad en la que mejor se demuestran los lazos que unen a las personas: el sufrimiento. Driss siempre estuvo con Philippe en los momentos divertidos, pero también en los que no lo eran. Le supo entender y animar cuando lo pasaba mal debido a su tetraplejia, o a la ansiedad e inseguridades que ésta le provocaba. Por tanto, la película nos enseña que la verdadera amistad (aunque suene algo cursi) no se ciñe únicamente a las bromas diarias o a lo superficial, sino que busca algo más, y se agarra a esos momentos en los que, si no fuera por el otro, uno se derrumbaría.



Por todo ello, recomiendo “Intocable” a todo aquel que desee pasar un buen rato delante del televisor, y os invito, como siempre, a que dejéis aquí  vuestro comentario o vuestra opinión acerca de la película.






jueves, 13 de diciembre de 2012

En un día cualquiera...


Miro el reloj. Son las cinco menos dos minutos. ¡Hay que ver lo estricta que llega a ser Maite! Nunca nos permite abandonar el aula hasta las cinco en punto. Es una pena que tengamos que vérnoslas con la biología a última hora…

Con impaciencia, muevo los dedos,  provocando un golpeteo nervioso en mi pupitre. Miro a los demás. A mi alrededor, todo son caras de absoluto aburrimiento y cansancio. Algunos tienen ya la mochila sobre sus espaldas y están en posición de ataque, preparados para saltar en cuanto suene la alarma de Maite. Otros, en cambio, se tambalean en la silla con expresión de resignación, y juguetean con el estuche descolorido. Algunos miran disimuladamente sus teléfonos móviles, escondidos en las mochilas, y los demás, dirigen miradas inquisitivas a los rostros del exterior, que se asoman detrás del cristal de la puerta, esperando con impaciencia a que Maite deje salir a sus amigos. Entre ellos veo a Rosa. Esta exuberante rubia dirige carantoñas a su “nuevo” novio, Mario, quien se sienta a mi lado, y que ahora lanza besos cursis en dirección a la puerta.

No puedo más. Necesito salir ya. Dirijo un último vistazo a la puerta y centro la mirada en Maite, mientras ordeno mi cabello oscuro y enredado.

Las cinco menos un minuto. 

El patio ya está lleno a rebosar. Padres y madres, cuidadoras y hermanos mayores, acuden a recoger a sus respectivos pequeñajos, entre besos,  meriendas y la típica pregunta: “¿Qué tal el día, cielo?”. Sus “inocentes” hijos les muestran su rostro angelical y sonríen con una mirada de corderito degollado: “Muy bien, mami. Nos hemos portado muy bien.” Uff… si supieran aquellas incautas madres lo que son capaces de hacer sus hijos en realidad… La señorita Chelo anda todo el día de acá para allá, respondiendo, resignada, a las constantes trastadas de los alumnos de Infantil… Plastilina por el suelo, lloriqueos injustos, pegotes en los aseos…

Vaya, me he vuelto a quedar en las nubes. No aparto la mirada, sino que continúo contemplando el exterior, que se me antoja apetitoso. ¡Qué fácil es distraerse cuando estás sentada al lado de la ventana! Siempre me entretengo cotilleando quién pasea por el patio.

Vuelvo a la realidad. Maite ha cesado de parlotear, pero solo para dictar los deberes. Abro con pereza la agenda y deslizo el boli por la página desinteresadamente. 

Por fin, Maite mira su reloj, esboza una mueca y, antes de que pueda articular palabra alguna, todos nos  levantamos dando saltos de alegría, agarramos las mochilas, y nos dirigimos en pelotón a la salida. Me reúno con Lucía.

-          Vaya tostón de clase nos tocó hoy… – Me comenta.

-          ¿Acaso alguna vez no es así? – Le respondo con un suspiro.

Enseguida empezamos a bromear y se nos une Celia, quien se queja de un empujón que le dio un monstruo de Primer Ciclo. Y digo monstruo, porque son así de verdad. No hay nada ni nadie más molesto, maleducado y veloz que los de Primer Ciclo. Recorren los pasillos con grandes zancadas, propinando empujones a quienes interrumpen su camino. Además, hablan a voces, bromeando con los amigos y llenando de barullo los pasillos.

-          Espero que Maite les ponga en su sitio – Espeta Celia.

Nos reímos. Tiene razón. Este año les ha tocado a Maite de tutora. Es tan severa que no va a tolerarles ni la más mínima tontería.

-          Eso no nos lo podemos perder. Habrá que verles a las cinco menos dos, aguantando a la pesada de Maite – Dice Lucía entre risas.

Por fin, bajamos las escaleras y llegamos al patio. El aire fresco azota mis mejillas y revuelve mi cabello. Inspiro con profundidad para captar el olor del otoño. Es un aroma con mezcla de madera, castañas asadas, humo, césped recién cortado, libros nuevos, grafito de lápices… Sonrío.

Atravesamos la verja que chirría al abrirse y salimos a la calle. ¡Ya somos libres! No es que sea el prototipo de niña que odia el colegio, sino que tantas horas seguidas se me hacen eternas.

Veo a María y la saludo. Va acompañada de Carles, quien me dirige una sonrisa. Esa relación nunca la entendí muy bien. Al principio del curso, no hacían buenas migas. Discutían por todo, nunca se ponían de acuerdo, y, básicamente, no se aguantaban. Ahora, son mucho más que amigos. No entiendo tanto cambio en la clase de un año para otro. En el curso anterior, todo era más normal y no se complicaban tanto la vida como ahora. En fin, sigo caminando y cruzo un semáforo.

Vamos las tres juntas, como tres invencibles, a las que nunca separarán.

Pasamos al lado de los taxistas. Tienen sus vehículos aparcados en la carretera, uno detrás de otro, como si de un ejército de tanques se tratara. Ellos, en cambio, apoyan sus espaldas en la pared grisácea de la calle, donde cotillean sobre el partido de anoche. Cruzamos la calle; Celia se separa para dirigirse hacia su casa.

-          ¡Hasta mañana! – Nos despedimos.

Lucía y yo retomamos juntas el camino de costumbre, por la Gran Avenida . A medida que nos adentramos más en esta enorme jungla de ladrillo y asfalto, aparecen ante nosotras edificios muy singulares : la estrecha cabina de la ONCE, donde, cada vez que paso por delante, pillo a su empleado echándose una siesta ; el horno donde compramos los mejores mazapanes de la ciudad ; un chino que vende absolutamente todo lo que puedas imaginar ; la peluquería que siempre está llena de jóvenes uniformadas haciendo prácticas con cabelleras ajenas… y podría continuar eternamente, porque es una calle demasiado animada.

Lucía empieza a contarme su reciente viaje a Roma, y yo la escucho callada, y con la mirada perdida en el horizonte.

Después de cinco minutos de intenso monólogo, fijo la mirada en la persona que camina justo delante de nosotras.

Y, en este preciso instante, le veo.

Sólo le veo a él.