domingo, 6 de octubre de 2013

Aquellos "felices" años 20...



Nos encontramos ante un esperanzador sábado por la noche, a mediados de agosto.  Bajo la inmensa cúpula estrellada de Nueva York, la ciudad cierra durante un par de horas, con la única intención de prepararse para la gran apertura.
El calor pegajoso y el bochorno se adhieren a las paredes de las estrambóticas mansiones de Long Island, mientras sus sofisticados inquilinos se acicalan ante los  ventiladores  de  estilo colonial.                                                                                               
Las mujeres se colocan el último accesorio de moda, y se empolvan una vez más la nariz,  mientras sus maridos las esperan impacientes, con el  Rolls ya ronroneando, y pensando en la fiesta que esa noche les espera, con los brazos abiertos, en el hogar del hombre más misterioso de la ciudad que nunca duerme.
La noche, despejada y calurosa, se presenta inmaculada y tranquila, tras un  tortuoso día repleto de trabajo, bullicio, ruido, finanzas…
Sin embargo, la pausa de un par de horas entre el agobio de la jornada pasada y la apertura de la velada venidera llega a su fin, pues el reluciente Rolls, tras abrirse paso entre las sofocantes avenidas de Nueva York,  ya atraviesa las enormes verjas de hierro del “humilde” hogar de aquel extraño anfitrión…

Un, dos, tres… Are you ready?
Las luces alocadas y parpadeantes cual arcoíris rebelde poseen en ese momento al inmenso palacete.
Un “dudoso” descendiente de Beethoven dirige flamantemente la chispeante Rhapsody In Blue,   cuyo telón de fondo son los fuegos artificiales más estruendosos jamás vistos.  
Un público desmadrado, febril,  llevado al límite de la histeria por los cantantes de jazz y la espuma de la playa privada.
Serpentinas. Confeti. Champagne a raudales.
El Charleston se cuela en la pista de baile, las terrazas, las escaleras de mármol, las cortinas de lino…
Las plumas y lentejuelas, que lucen su brillo en los cuerpos danzarines de las jóvenes,  compiten por ser las más llamativas.
Las risas y voces inundan la quietud nocturna, llamando al camarero para degustar el canapé más original.
Las pomposas estrellas de cine, las altivas celebridades de renombre, los excelentísimos políticos, los más desconfiados gánsteres, los estudiantes más educados…  todos ellos se igualan en calidad de invitados por una noche, dejando en los vestuarios sus rostros artificiales e irreales, y tirándose a bomba en la piscina sin fondo, cuales niños jugando entre risas y diversiones.
Todo es alegría, belleza, y abundancia.

Tan solo una persona de todo el alto Nueva York no participa en la excéntrica juerga.
Se limita a permanecer a salvo en su amplio despacho, su campo de batalla, y desde  una de las torres de su espléndida  mansión, contempla a través de los ventanales la bahía de Long Island. El anillo señorial que porta en su mano derecha se estira, asomándose al exterior, y, sin hacer caso a la fiesta, intenta alcanzar la luz verdosa que se dibuja en el horizonte, proveniente del otro extremo de la bahía.
“Esa luz… ese parpadeo…” no cesa de pensar.
Pero el rostro del anfitrión se torna nostálgico y pesaroso, pues, aunque lo intenta de todas las maneras y su intención es buena y optimista, en el fondo debería saber que jamás podrá recuperar esa brillante luz, a la que algún día amó y tuvo entre sus brazos.
Piensa con ansias que podrá volver a vivir lo pasado, volver a ver a su querida luz verde, o hacer las cosas de otra manera, como si nada hubiese ocurrido en esos cinco años.
Sin embargo, aunque nuestro anfitrión  tiene grandes expectativas, no es consciente de que nunca podrá ignorar el transcurso del tiempo, de que no podrá echar por tierra lo que ha sucedido en su ausencia, de que ya no podrá cambiar lo que hizo…
Aunque él esté dispuesto a intentarlo, el mundo gira y avanza, y él solo es un esclavo, una sombra de lo que ya ha sido.
Aunque su mano trata de alcanzar con esfuerzo la luz parpadeante, pensando en revivir los momentos junto a ella, Gatsby solo es un vago recuerdo del pasado.

Numerosos críticos han tachado El Gran Gatsby de excesiva, saturada de colorido, o demasiado estrambótica. Sin embargo, ¿quién se imagina esta carismática obra como una simple película dramática, de las que se filman ahora, sin intensidad, sin calidez, sin ritmo, repleta de imágenes tristes y oscuras? Yo no, desde luego. Para mí, esta película debía de ser exactamente como se ha hecho: llamativa, luminosa, repleta de colores vivos que reflejen esa forma de vida de Long Island, llena de escenas cargadas  de intensidad y tensión, en fin, un espejo de la excentricidad y superficialidad de la forma de ser de los años 20.
Creo que Baz Luhrmann ha creado una gran película, pues no solo la forma en la que la ha planteado, sino también en los recursos que ha utilizado. La música moderna de cantantes como Lana Del Rey o Will.I.Am, unida al Charleston y al Jazz, ha conseguido crear una miscelánea de lo más interesante, para dotar a la película de mayor chispa.  Además, Luhrmann ha elegido a los actores ideales, pues, repletos de personalidad, adoptan sin problema los rasgos de su personaje. Así pues, Leonardo DiCaprio es el elegante e ingenuo señor Gatsby; Joel Edgerton, se ve en el perfil rudo y egoísta  de Tom Buchanan; Carey Mulligan se convierte en la dulce  y frágil Daisy; Tobey Maguire, al que encajábamos en el disfraz del hombre araña, ahora nos muestra su cara más dramática, unas veces irónico y amistoso, otras frustrado por la superficialidad de la sociedad…
En fin, la nueva versión de El Gran Gatsby es una de las películas que más me han emocionado, y que sin duda alguna recomiendo a los amantes del cine inteligente y las obras memorables.
Ahora solo me falta compararla con la versión de Robert Redford y Mia Farrow, que muchos ponen por las nubes…

Sin embargo, DiCaprio y su perfección ante las cámaras, su mirada irresistible y turbadora, su sonrisa espléndida… ¡Oh, DiCaprio, mi eterno DiCaprio!






  

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El resorte del verano


No tenía en mente levantarme de la toalla, pues nada me empujaba a ello. El rojizo sol del atardecer y la refrescante brisa marina me adormilaban sin quererlo, sumergiéndome en un profundo e inevitable sueño veraniego.
Mis dedos comenzaron a surcar las curvas que dibujaba la fina arena a mi alrededor.  Cuando intenté agarrarla, los dorados granos se me escapaban con asombrosa rapidez, así que aproveché para dibujar con esa cascada cualquier imagen somnolienta que invadiera mi mente.
Delante de nuestras toallas y bolsas playeras, cada cual de diferentes colores, se dibujaba un paisaje abrumador.
El sonido de las olas que rompían en la orilla era  la mejor música que podrían escuchar nuestros oídos, digna del mismísimo Apolo. El inmenso peñón, máximo protagonista del pueblo,  lucía con la pleamar su espléndido perfil, custodiado por enormes y puntiagudas rocas, donde las desafiantes gaviotas nos  advertían con sus graznidos de que ahí reinaban ellas…
Con este magnífico paisaje ante nosotros, enmarcado por los pedreros que separaban nuestra playa del resto del universo, y el sol del atardecer poniéndose a nuestras espaldas, esperábamos con parsimoniosa tranquilidad a que se hiciera de noche, tumbados sobre nuestras toallas.
Nada en este mundo nos hacía más felices, ni nos reportaba tanta paz, como presenciar las últimas horas del día en nuestra pequeña pero  grandiosa playa.
De repente, él me miró, y, como si algún tipo de resorte se hubiese encendido a la vez en nuestras mentes, ambos nos levantamos de un salto y, riendo por la rareza de la situación, dijimos a la vez:
- Aprovechemos…
Volvimos a reír, mientras los demás nos miraban, desde el suelo, extrañados.
- Carpe Diem, chicos, ¡Carpe Diem…! puede que no volvamos a vernos el año que viene, o que, simplemente, cambiemos, que ya no seamos los mismos que ahora, que en este momento, que en este único y precioso segundo…
Mientras mi sombra se movía silenciosa en el suelo, mis ojos clavaban su mirada en los de él, en los de todos…
Unos instantes después, como si mis palabras hubiesen desoxidado ese resorte en los demás, todos se levantaron de un salto, y comenzaron a caminar por la arena.
El resorte de la ilusión, de la magia, de la espontaneidad… el resorte que solo se activa en  verano, junto a tus amigos, tus sueños, tu sensación de libertad… que segrega unas inmensas ganas de pasarlo bien, y de no pensar en otra cosa, ese estupendo resorte que te carga las pilas para comenzar otro arduo año de adolescencia… ese resorte se iba a pegar el chapuzón más increíble del verano.
Comenzamos a correr con ganas por la playa, como locos, espantando a las altivas gaviotas, y dejándonos llevar por el salvaje viento del Norte, hasta mojar los pies en la fría agua del Cantábrico.
Ninguno se detuvo. Ninguno.
Absolutamente toda nuestra pandilla se sumergió con ilusión en el mar.
Algunos nadaban, otros gritaban de felicidad, otros se chiscaban con energía, pero todos nos abrazábamos y bailábamos al ritmo de “Seven Days In Sunny June” de Jamiroquai, esa canción hippy con chispeante estilo que a todos nos hacía vibrar de emoción.
No importaba que fuese el último día de agosto, y que no nos volviéramos a ver en un año, porque ese mágico  resorte veraniego que sentíamos por todo el cuerpo nos decía que siempre nos quedará La Isla, sus recuerdos, y sus momentos, sus vivencias inolvidables, y sus amigos, su Cerrillo, y su Furacu, sus “vaques”, y su peñón…







martes, 4 de junio de 2013

¡Oh, Venecia...!


El avión aterriza  suavemente en el aeropuerto Marco Polo. Las luces del atardecer se cuelan por la minúscula ventanilla. Turquesa, naranja, añil… son los diversos colores que, a la fuga de la paleta del virtuoso, casi divino Tintoretto, envuelven en un cálido abrazo a Venecia, la Gran Venecia…
Al atravesar las enormes puertas blancas del Marco Polo, como si de un palacio se tratara, me dirijo presurosa a la orilla de la laguna, y la admiro con los ojos abiertos de par en par. Es verdad lo que dicen, resulta tan bella como inmensa… envidio a las gaviotas que, libres y caprichosas, sobrevuelan las calmadas aguas que circundan e inundan la ciudad encantada.
Tras encerrar el embelesador paisaje en mi caja de los recuerdos, tomo un taxi que me acerca a mi ansiado destino surcando velozmente la laguna…


Llego a la Plaza de San Marcos, y la belleza me golpea sin previo aviso.  
Allá donde dirijo mi mirada veo algo que no hace más que emocionarme.
El imponente león alado, símbolo de la gloriosa república veneciana, me saluda con un majestuoso aleteo de bienvenida; la Torre del Reloj se erige firme y gallarda, marcando su posición privilegiada en el corazón de la plaza; la Basílica resplandece junto al Palazzo Ducal con la luz marchita del atardecer, recordando lo que un día fue la grandiosidad del poder del dux; los “procuratie” han sustituido a los nobles procuradores venecianos por cientos de turistas que, embelesados al igual que yo ante el fastuoso escenario que nos rodea, apuran  el crepúsculo en las terrazas que más bien parecen distinguidos palcos salidos de la Fenice...
El reloj marca las nueve y, sucumbiendo al síndrome de Stendhal,  me dirijo al Palazzo Soderini, que albergará mis noches en Venecia. Antes de desaparecer en las laberínticas calles de la ciudad, me detengo a escuchar los lamentos que se escapan por las centenarias rendijas del Puente de los Suspiros, donde los prisioneros del dux contemplaban su ciudad por última vez, antes de hundirse, para siempre, en las tenebrosas mazmorras subterráneas del Palazzo Ducal.
Entregada a Morfeo, se cuelan en mis sueños los llantos del niño Vivaldi, bautizado en la cercana iglesia del campo Bandiera e Moro, que poco a poco se transforman en notas armoniosas que recrean en mí la primavera más hermosa que jamás haya escuchado.
Ya es por la mañana, y, plenamente repuesta y llena de energía, paseo por el jardín del palazzo y me siento a desayunar un delicioso manjar, mientras escucho el gorgoteo de la escultural fuente renacentista de mármol, que preside el patio arbolado del palazzo.
Mis pasos se dirigen ahora, y con seguridad, hacia el puente más antiguo de la ciudad que atraviesa el Gran Canal, el Puente Rialto.
Los antiguos mercaderes, que enriquecieron la ciudad con sus artículos de lujo, han cedido su espacio a los talleres actuales de joyas, cristal, y souvenirs; sin embargo,  aún su espíritu y sus voces se dejan escuchar, si agudizo el oído y me detengo un instante entre la multitud que, cámara en mano,  invade el puente veneciano. ¡Ay, si Antonio, Bassiano y Porcia levantaran la cabeza!
Huyo del ajetreo estrepitoso del Puente Rialto, y me refugio, como no podía ser de otro modo, en una preciosa góndola decorada en su mástil  por hábiles manos, que le supieron insuflar vida en forma de grandiosa ave fénix. Enriquecida a su vez con suntuosas telas granates, y confortables almohadones con brocados de seda.
Cuba, el bello gondolero sefardí, me acomoda con galantería en la nave, mientras que, con su sonrisa, consigue que me sienta como la reina de Saba.
Mientras hunde el remo acariciando las aterciopeladas aguas del canal, su melena rubia al viento, su voz, y el frescor de la brisa marina sobre mis mejillas me adormecen ante tanta maravilla.
Ante nosotros se dibujan las siluetas de coloridos palazzos ornamentados con toda clase de figuras, frescos, columnas… 
 
Cuba parece leer con su aguda mirada mis pensamientos, pues, para hacer de este dulce paseo un postre inolvidable, comienza a narrar una antigua e interesante historia sobre sus antepasados judíos, quienes se vieron obligados a vivir en el primer gueto del mundo por las autoridades caprichosas de la ciudad.
El relato de Cuba me conmueve profundamente, al imaginar a los cientos de familias judías quienes, con amplia amargura, se vieron avocadas a precipitarse sin remedio hacia su irrevocable destino. 
Llegamos a Cannaregio, donde se ubica el antiguo gueto judío, y me despido de Cuba con una amistosa sonrisa dibujada en el rostro.
Las ansias por descubrir este “sestiere” tranquilo  y misterioso, me golpean en el pecho con fuerza, la fuerza de la emoción.
Llego hasta el Campo dell’ Abbazia, donde se puede escuchar la brisa veneciana acariciando las regias paredes de la Scuola Vecchia della Misericordia. Apoyada en estas blancas paredes, cargadas de la sal que el viento trae consigo, me dejo llevar por el embrujo de este lugar hasta entornar ensimismada mi atento mirar. Tan solo consigue despertarme el creciente murmullo de un grupo nutrido de doctores judíos quienes,  ataviados con sus particulares vestimentas oscuras, acuden presurosos a la iglesia secularizada. Al igual que ellos, respiro hondo para recoger el sabor salino del aire, y retomo mi paseo por la Gran Venecia.
Al caminar junto al ya decadente hogar de Tintoretto, juro escuchar con claridad las pinceladas enérgicas que el muchacho veneciano dibuja sobre sus lienzos de seda, a la que debe su conocido nombre, mientras la luz inspiradora del cinquecento brilla sobre su dramática figura.
El sol comienza a resbalar por los tejados de los palazos, a la orilla de los canales, dirigiéndose hacia el fondo de la Laguna perezosamente. Por ello, dirijo mis pasos hacia San Marcos, allá donde comenzó mi largo paseo.
Sin embargo, al girar la esquina de uno de los callejones de Castello, noto que no estoy sola en estos lares. En efecto, un asombroso personaje descansa sobre un pequeño pedestal, a escasa distancia de mí. Un antifaz de terciopelo granate esconde la secreta identidad de quien con garbo lo porta; el fino maquillaje que le cubre denota sus rasgos puramente itálicos; el silencio de su quietud me provoca un leve estremecimiento, y las telas que lo arropan ofrecen a las miradas curiosas una gama diversa de los colores más vivos que existan.
De repente, la majestuosa estatua abandona su pose, incluso su pedestal, para caminar con encanto sobre el suelo empedrado, cobrando, de este modo, un hálito de vida inesperado que me hace dar si no uno, dos saltos de sorpresa y agrado. Justo en este instante, la estatua rebelde gira sobre sus revividos talones para echar a correr sin cansancio en mi dirección. Como si a mi lado una pistola de fogueo se hubiese disparado, yo también agilizo mi paso, volando sobre los puentes y los palazzos. La ágil escultura no cesa su carrera, y, tras de mí, apura el paso, como si desease cazarme lo antes posible. Yo no me rindo tan fácilmente y alzo la vista en busca de un refugio. Y allí lo encuentro. Si mis ojos agotados no me engañan, un jardín de ensueño se extiende ante nosotros. Atravieso sin demora sus verjas de hierro, y acelero mis zancadas entre arbustos, tierra, y ramas. Sé que aún la estatua de bella apariencia me persigue, pues noto su aliento cerca de mí, mientras deja escapar unas risas de diversión.  Sin embargo, éstas no hacen otra cosa más que otorgarme el impulso que necesito para encaramarme a un gigantesco tobogán en el que, inocentes, juegan los niños. Me escondo en su morada poblada por juguetes, y observo, desde lo alto, cómo mi perseguidor se detiene a los pies del columpio. Tomamos aire ambos y, con emoción, compruebo que, detrás del antifaz de terciopelo y de la estatua con pies de liebre,  aparece un atractivo joven veneciano. Antes de darme tiempo a descender de mi guarida infantil y saludarle, la escultura humana me deja con la palabra en la boca, y con un guiño de ojos juguetón en mi recuerdo.
Cuando por fin rozo el suelo, ya está a punto de ceder el día; para reposar después de tan agitada carrera, cual Dafne y Apolo, tomo la resolución de degustar un delicioso gelatto en San Marcos.
Frente al maravilloso corazón de la Gran Ciudad, bajo los últimos rayos del atardecer y con el chocolate fondant deshaciéndose en mi paladar, escucho la maravillosa aria de “Nessun Dorma” de “Turandot”, representada en boca de un talentoso camarero quien, con la mirada clavada en la Basílica, dedica sus maravillosos cantos, no a la hechizada princesa de Puccini, sino a su verdadero amor, que es también el mío: Venecia, la embriagadora y Gran Venecia.
Finalizado este día de sorpresas y emociones, doy la espalda al león de piedra que, descansando sobre su elevado pedestal, hace unas horas me dio la bienvenida.
Ahora camino solitaria y bajo la luz de la luna por las laberínticas calles venecianas, en cuyas vitrinas las presumidas máscaras, con atentas miradas, vigilan los andares de los desprevenidos turistas.
-¡Oh, Venecia, oh, Venecia, mátame con tu hechizado rayo de luna, porque si me alejo de ti, moriré de amargura!

miércoles, 17 de abril de 2013

Cuénteme la verdad...

“Abrió un ojo verde, e impasible me miró un instante y volvió a cerrarlo…”

Así concluye un libro fantástico del que pude disfrutar hace poco: “El cuento número trece”, de Diane Setterfield. Se trata de su debut como novelista; sin embargo, al deslizarme a través de sus líneas, tuve la sensación de estar leyendo a un escritor experimentado, un clásico.

Y es que, cuando saboreé la primera página, ya me resultó imposible desengancharme. Su magistral forma de escribir me transportó en un mágico instante a la mansión Angelfield, donde las astutas gemelas jugaron con mis sentimientos: me provocaron tristeza, terror, suspense, alegría… todo en estas 473 páginas.

En ellas se narra la historia de Vida Winter, una afamada escritora quien, sabedora de que se marchará pronto de este mundo, contrata a Margaret Lea, una joven biógrafa, con el objetivo de revelarle sus secretos más oscuros. Por lo tanto, cada vez que ambas se reúnen en la biblioteca de Winter, se produce un “flashback”, que nos transporta a la ya mencionada mansión Angelfield. En ella, varias generaciones de esta extraña familia han dejado su huella, pero todo se vuelve todavía más excéntrico y decadente cuando llegan las gemelas March, quienes se hacen desde muy pronto con el control de la casa y siembran problemas y misterio allá donde dirigen sus pasos.

No puedo revelar más detalles. Si deseáis conocer a las traviesas gemelas pelirrojas y a la ruinosa mansión Angelfield, os recomiendo sin lugar a dudas que devoréis “El cuento número trece”. Os aseguro que merece la pena descubrir todo lo que nos ofrece: personajes cuyos perfiles entretejidos, sin dejar cabo suelto, despiertan el misterio y la intriga; la mezcla de situaciones con un terrorífico suspense y momentos de gran belleza descriptiva; diálogos trabajados que captan la atención y que a veces han de leerse entrelíneas; y la particular atmósfera que envuelve a la novela en general, dándole una belleza solemne típica de los clásicos del siglo XIX.

“El cuento número trece” ya ha sido alabado por multitud de críticos literarios. Personalmente, solo espero que Diane Setterfield nos vuelva a ”atrapar” con un nuevo y magnífico “cuento”, pero que nos transmita la misma fuerza y encanto con los que se dio a conocer.


miércoles, 10 de abril de 2013

Homenaje a José Luis Sampedro


El pasado ocho de abril falleció José Luis Sampedro, un escritor y humanista español.

Yo nunca había leído nada suyo hasta esta misma mañana, cuando, en clase, nuestro profesor de latín nos presentó un fragmento de la entrevista llevada a cabo por Luz Sánchez Mellado (El País) a Sampedro.

En este texto, el escritor da su opinión acerca del miedo a la muerte, sentimiento inherente a todo ser humano.


“Frente al exterior que no podemos conocer del todo, hay una actitud de inquietud e indefensión. Eso nos lleva a decir: voy a transformar el mundo, como dicen ahora. Yo no pretendo cambiarlo, sino estar en armonía con él, y eso supone una vida que cursa como un río. El río trisca montaña abajo, luego se remansa, y llega un punto, como estoy yo, en que acaba. Mi ambición es morir como un río, ya noto la sal. Piense en lo bonito de esa muerte. El río es agua dulce y ve que cambia. Pero lo acepta y muere feliz porque cuando se da cuenta ya es mar.”

Me parece un pensamiento admirable. Y especialmente me he emocionado cuando Sampedro proclama “mi ambición es morir como un río, ya noto la sal”.

Todo lo que afirma Sampedro en este texto es muy bello, y ojalá algún día yo llegue a plasmar mis ideas de forma tan clara y hermosa como lo hizo él.







domingo, 17 de marzo de 2013

Cuatricromía

El otro día me encontraba sumida en el intríngulis de mi mundo interior, totalmente absorta, cuando un sonido fresco, “happy” y lleno de vida,  me arrancó de mis pensamientos. Como por arte de magia, la alfombra se convirtió en una pista de baile, la débil lámpara de mi habitación en un foco de colores, y el ritmo de la nueva canción de Fangoria, “Dramas y comedias”,  en una revitalizante  vitamina para mi cuerpo que le hizo moverse hasta caer rendido. Las ideas que ocupaban mi mente se esfumaron sin más demora, y Alaska, con su voz llena de personalidad, consiguió eliminar toda mi energía negativa, e insuflar a mi cuerpo un nuevo y refrescante vigor.
Y no solo el ritmo es sumamente pegadizo.  También el vídeo de dicha canción resulta muy atractivo, debido a sus psicodélicas imágenes y su intenso colorido. Además, la letra transmite un mensaje cargado de positivismo, algo imprescindible para los tiempos que corren.
Este single tan especial forma parte del nuevo disco de Fangoria, “Cuatricromía”, que fue publicado el 26 de febrero, pero que ya arrasa en todo el país. Contiene cuatro EPs, cada uno coloreado de forma diferente. Estos colores representan las distintas facetas de Fangoria que el grupo se ha dedicado a explorar, por lo que cada EPs ha sido producido por una casa distinta. Así, el azul contiene canciones pop, y está producido por Guille Milkyway. El magenta está influenciado por el rock & roll, y el productor es Sigue Sigue Sputnik. El amarillo, tiene una faceta más electrónica, a cargo de Los Pilotos. Por último, el negro explora la cara más gótica de Fangoria y está producido por Jon Klein, miembro de “Specimen”.
Este nuevo disco, el undécimo del grupo, resulta muy interesante. No solo por sus canciones, cuyo mensaje, como señalé antes,  nos anima a ser fuertes, superar las adversidades y  seguir sonriendo. La forma en la que se ha creado, aceptando diferentes influencias de las distintas casas productoras que han trabajado con Fangoria, no hace más que enriquecer al disco, en lo relativo a variedad y originalidad. Me ha gustado mucho esta idea de los “cuatro colores”, ya que así podemos escuchar diferentes tipos de música según nos sintamos por dentro. De hecho, la canción “Dramas y comedias”, la primera del EPs azul, consiguió hacerme desconectar por un buen rato de los problemas y “comeduras de coco” que he tenido esta semana, transmitiéndome, por un lado, una grata sensación de ligereza y tranquilidad, y, por otro,  muchas, muchas ganas de moverme y danzar por la habitación como una loca.
Una loca por la música…



miércoles, 20 de febrero de 2013

Intocable


¡Feliz Año Nuevo, mis queridos lectores! Bueno, es verdad que esto no pega demasiado a día de hoy, veinte de febrero, pero espero que me disculpéis, pues os aseguro que no he dispuesto de tiempo hasta ahora para recostarme en el sofá, encender el ordenador, y disfrutar de mi hobbie favorito… 

Para celebrar que por fin nos hemos reencontrado, hoy os presento… ¡una película!  Hace unos meses la vimos en clase de francés, y, a pesar de no enterarme de la mitad debido a mi escaso dominio del idioma, ya se convirtió entonces en una de mis favoritas.  Hace poco la pude disfrutar en un esclarecedor español, y, por eso, ahora puedo hablar sobre ella con un poco más de conocimiento...

Fue estrenada en 2011, y está basada en hechos reales. Sus protagonistas se llaman Driss y Philippe y, a pesar de pertenecer a entornos totalmente opuestos, pues Driss proviene de los suburbios de París  y Philippe pertenece a la élite parisina, entre ellos irá surgiendo una amistad muy especial.  Mientras que el carácter fresco, divertido y algo brusco de Driss hace “rejuvenecer” por dentro a Philippe, éste se encarga de “reeducar” a Driss, introduciéndole en el ambiente refinado que hasta ahora desconocía.
 ¿Qué les llevó a forjar esa increíble amistad? Una entrevista de trabajo de tan solo unos pocos minutos. A Driss nunca se le pasó por la cabeza que su vida pudiese dar un vuelco, al colarse en una “ronda” de entrevistas en un palacete parisino, donde Philippe, tetrapléjico a causa de un accidente,  buscaba sin descanso a un asistente algo convincente, “que no tuviese piedad de él”, según sus propias palabras.


Además de la trama, muy interesante y original, y la miscelánea musical que se escucha a lo largo del film, una de las características más atrayentes fue, sin duda, el humor inocente y a la vez pícaro de Driss, y la ironía de Philippe. Estos dos elementos formaron un combinado de carcajadas que me hicieron disfrutar desde principio a fin, especialmente una escena tronchante en la cual Driss, tras ser sometido a un pequeño “examen” musical por Philippe , se mueve al ritmo de Earth, Wind and Fire, animando una aburrida fiesta de cumpleaños.

Aunque no todo son risas y bromas. La película, cargada también de valores y momentos realmente emotivos, me ha enseñado la cara de la amistad en la que mejor se demuestran los lazos que unen a las personas: el sufrimiento. Driss siempre estuvo con Philippe en los momentos divertidos, pero también en los que no lo eran. Le supo entender y animar cuando lo pasaba mal debido a su tetraplejia, o a la ansiedad e inseguridades que ésta le provocaba. Por tanto, la película nos enseña que la verdadera amistad (aunque suene algo cursi) no se ciñe únicamente a las bromas diarias o a lo superficial, sino que busca algo más, y se agarra a esos momentos en los que, si no fuera por el otro, uno se derrumbaría.



Por todo ello, recomiendo “Intocable” a todo aquel que desee pasar un buen rato delante del televisor, y os invito, como siempre, a que dejéis aquí  vuestro comentario o vuestra opinión acerca de la película.