martes, 8 de mayo de 2018

August y yo

"¿Sabes qué significa ser un niño? Significa ser algo muy diferente al hombre que eres ahora. Significa tener un espíritu que sigue brotando de las aguas del bautismo; significa creer en el amor, creer en la belleza, creer en la fe; significa ser tan pequeño que los duendes alcancen a susurrarte al oído; significa convertir calabazas en carrozas, ratones en caballos, humildad en nobleza y escasez en abundancia, pues cada niño tiene a su hada madrina en su propia alma; significa vivir en una cáscara de nuez y considerarse el rey del espacio infinito", Francis Thompson, Shelley. 

Recuerdo haber leído el best seller de R.J. Palacio, Wonder (La lección de August, en español), hace ya mucho tiempo, y pensar que fue una lectura inolvidable, que, como a millones de lectores en todo el mundo, me atrapó por completo. En su aclamado debut como autora publicada, Palacio nos narraba la emotiva y ejemplar historia de Auggie, un niño que con apenas 11 años debe afrontar por primera vez en su vida un curso en el colegio con una grave malformación facial debido a una enfermedad que sufrió tras nacer, y que a lo largo de su vida le acarreó centenares de miradas indiscretas, y la sensación de que, pese a ser un chico normal apasionado por Star Wars y los planetas y astronautas, el resto del mundo lo temía al ver su rostro diferente y extraño. El libro nos narra, desde distintos puntos de vista, el del propio Auggie, y su familia y amigos, su arduo viaje a través de quinto de primaria, los sinsabores de saberse en el punto de mira de todos los cuchicheos e incluso acoso, y su lucha por hacer de sus desventuras su mayor fortaleza para demostrar al mundo una gran lección de vida.
Pero aquí no he venido a hablar de "ese" libro, sino de una suerte de "spin-off" que la escritora ha publicado sobre tres personajes secundarios de Wonder, que titula August y yo. Al principio de la novela, R.J. Palacio nos aclara que no se trata de una continuación de la historia principal, sino de tres relatos anejos al tiempo en el que transcurre Wonder: Julian, el niño que a todos nos caía mal por ser el principal acosador de Auggie en el colegio; Christopher, su amigo de la infancia que perdió el contacto con Auggie tras trasladarse de la zona donde vivían ambos; y Charlotte, la cordial "amiga de bienvenida" de August que lo recibe en sus primeros días en el colegio pero con el que apenas vuelve a tener trato. 

La autora sabía que Julian tenía una historia que contar, más que por justificar sus acciones, que son injustificables, por tratar de entenderlo mejor ya que, como dice Palacio, al fin y al cabo Julian sigue siendo un niño y no es en verdad "mal chico", sino que ha cometido errores que, si bien no lo definen, debe encontrar el modo de aceptarlos, o querer aceptarlos, para remediarlos. Por otra parte, Christopher ha pasado por mucho con su amigo, pero pierde el contacto con él tras mudarse porque, si ya es tentador dar la espalda a una amistad cuando las cosas se ponen difíciles en la mejores circunstancias, Christopher lo tiene aun mas complicado tratándose de un amigo como Auggie, con las miradas de extrañeza que provoca y la especial atención que muchas veces requiere. Por último, Charlotte es siempre buena y cordial con sus compañeros, la típica "santa", como la llaman en clase, pero nunca va más allá de ser simplemente buena, ya que dar un paso para cambiar las cosas es un riesgo que a una niña como ella, presionada por la opinión que de ella tienen los demás, le costará tomar. 

Comencé esta continuación o "spin-off" de Wonder con recelo, pues el libro principal me parece una auténtica joya, pero este no se queda para nada corto. La capacidad de R.J. Palacio de tomar el lugar de un niño de 11 años, y transmitir cómo le afectan y cambian las experiencias de la vida desde ese punto de vista, es asombrosa. Aunque en este caso son tres perspectivas muy distintas a la de Auggie en la historia principal, tratándose esta vez de personas ordinarias afectadas por unas circunstancias extraordinarias, precisamente por ello refleja cómo se han podido sentir muchos niños en sus relaciones de amistad (o enemistad) y creo que debería ser, igual que Wonder, una lectura recomendada para cualquier edad, por todo lo que tiene que enseñar: que las personas no deben ser juzgadas por nuestras primeras impresiones de ellas, pues seguro nos van a sorprender y aportar muchas cosas bonitas que merecen la pena y que de otra forma no llegaríamos a vivir; que, por ende, no debemos temer lo desconocido, pues el miedo es un arma de doble filo que, aun protectora, puede hacer que nos perdamos muchas aventuras inesperadas o incluso sacar lo peor de nosotros mismos, aunque en esencia no seamos "malos"; que los amigos, en definitiva, son un tesoro que debemos cuidar, al igual que nuestras familias y seres queridos, y las personas, aun cometiendo errores porque es así, somos personas y no somos perfectas, tenemos en nuestra mano decidir qué versión de nosotros mismos queremos ser cada día al salir al mundo.  

¿Estamos orgullosos de quiénes hemos sido cada día cuando nos acostamos por la noche? Creo que este libro es una gran oportunidad, no solo para los niños que como los personajes se encuentran en su proceso de madurez, sino para toda persona en sus relaciones con los demás , para hacer un poco de introspección: ¿Debería enviar esa "carta de disculpa" a ese alguien con el que sé que no me he portado lo bien que se merecía? ¿Debería hacer esa llamada telefónica al viejo amigo del que cada día me ha sido más fácil distanciarme, ponga la excusa que ponga para justificarme, porque quizás ahora me necesita más que nunca? ¿O quizás he tratado injustamente a un familiar que solo desea lo mejor para mí? ¿Es hora ya de dejarme de "diagramas de Venn" y atreverme a conocer a esas personas de las que yo mismo o misma me he construido un muro alrededor antes de tiempo?
Como reza el precepto que abre el capítulo de Julian: "Sé amable, pues toda persona con quien te encuentras está librando una dura batalla", por Ian Maclaren. 

Aquí os dejo el trailer de la adaptación de Wonder, que apenas ha sido estrenada hace unos meses, para animaros a sumergiros en esta "wonderful" o maravillosa historia con entrañables personajes, y un mensaje imprescindible.


domingo, 19 de febrero de 2017

City of stars

"Here's to the fools who dream..."

Llevo unas cuantas semanas intentando convencer a una potencial enamorada de La la land para que dé una oportunidad a esta obra maestra. Y es que, desde que la disfruté poco después de su estreno, me tiene encandilada y aun en el metro enchufo los cascos al móvil y me pongo a bailar mentalmente al ritmo de su chispeante soundtrack. Tal vez por ello me he animado a sacudir las telarañas de mi blog, que hace ya un año que no visito por unos horarios cada vez más apretados, para dedicar un obligado post al musical que ha batido récords con sus 14 nominaciones a los Oscar 2017, igualando a Titanic y Eva al desnudo. Así pues, pasen y vean, sean bienvenidos a este "re-opening" que tengo el honor de inaugurar con un film que ha conseguido superar a mi película favorita hasta el momento. Dos horas en las que no fui consciente de haber parpadeado o siquiera respirado. 
¿Por qué "La ciudad de las estrellas" nos tiene a infinidad de personas de todos los tamaños y formas, incluidos articulistas, críticos, y cineastas, alrededor del mundo, hablando de ella? Porque sin duda, como reza una cita estratégicamente colocada en el trailer, "Ya no se hacen películas como esta". A pesar de cosechar algunos enemigos allá por donde pasa, escépticos a la magia seguramente, La la land le ha robado el corazón a miles de espectadores entre los que se encuentra una servidora. Y simultáneamente, no puedo y sí puedo explicarlo con motivos racionales. Mientras estaba sentada en la butaca (por supuesto, sin palomitas), mi cabeza y mi corazón absorbían La la land por los poros, la primera analizaba cada aspecto brillantemente pulido de la película, y el segundo vivía en ella. Y es que es una película hecha para soñar. Para olvidarse por un momento de la realidad y como sus personajes, elevarse bailando en "la ciudad de las estrellas". 
Para empezar, he de defender la historia, el guión original. Algunos la tachan de convencional: "chico y chica se conocen, se enamoran y deben superar un conflicto". ¿A quién queremos engañar? La la land es una película, además de musical, romántica, en esencia, así que por supuesto que narra "chico y chica se conocen, se enamoran y deben superar un conflicto". La clave por la que sus fans creemos que marca la diferencia, es porque creemos que su director lleva la fórmula mucho más allá. No retrata solo el ilusionante amor que sienten el uno por el otro, sino el efecto que tiene ello en su lucha por alcanzar sus sueños. Cómo ese amor les hace sentir más vivos que nunca, les impulsa dándoles alas para volar lejos, aunque quizás al elevarse tan alto pierdan el horizonte. En resumen, una bella historia de perseverancia e ilusión, oda a no perder la confianza en uno mismo y a resurgir de las cenizas, cueste lo que cueste, porque así son los sueños, exigen compromiso y muchas veces conflicto,  pero si se lucha por ellos nada es imposible.
Por otra parte, todo ello cobra vida, como si de un musical de Broadway se tratara, gracias a la forma en que ha sido filmado. La luz y los colores empleados van evolucionando según avanzan los minutos, guiando al espectador en una expresiva y amplia gama cromática para que sienta en cada momento lo que sienten a su vez los personajes, desde el verano y su alegría, hasta el invierno y su frialdad, metafóricamente hablando. Como ya he dicho, es una película que envuelve, que atrapa, y Damien Chazelle, responsable de todo ello, lo consigue utilizando también la música. Y es que los momentos en que parece que el tiempo se detiene y el elenco comienza a bailar y a cantar, no solo permiten avanzar en la historia, con lo que las coreografías no pecan de inútiles, sino que añaden ese toque de magia que me ha hipnotizado hasta el punto de escuchar una vez al día (al menos) alguna de las míticas canciones como, solo por citar dos ejemplos, "Another day of sun" o "Audition (The fools who dream)", tan opuestas y tan vibrantes ambas, pero que me siguen emocionando como el día en que las descubrí. Además, la banda sonora cuenta con una pequeña aportación de John Legend,con lo que a nivel particular, parece que tenía todos los ingredientes para enamorarme. 
Chazelle ya recurre a la música en cada proyecto que lleva a cabo, pues sabe que se trata de los pocos artes que consiguen emocionar de una forma u otra a todo el mundo, pues, ¿quién no tiene algún recuerdo asociado a una canción? ¿quién no ha sonreído o llorado con una melodía de fondo? Ese poder es aprovechado en La la land para crear la atmósfera tan especial que la caracteriza. 
¡Y qué decir de sus dos protagonistas! Grandes merecedores del Oscar ambos, el trabajo de pre-producción aprendiendo a cantar, bailar o incluso a tocar el piano en caso de él, así como la química que desprenden, hacen de Emma Stone y Ryan Gosling una pareja insustituible. Cuando salí del cine sonreí satisfecha por la oportunidad que les había sido dada para lucirse en una película como esta. Ambos ya habían brillado en papeles anteriores, pero hasta ahora no les había visto tocar el cielo, pudiendo además hacerlo como han demostrado encarnando a Mia y Sebastian. Y no, Emma Stone no "hace de sí misma", como critican algunos; ha bordado cada personaje que ha adoptado a lo largo de su carrera con una fuerza magnética, ya fuera una escritora comprometida como en Criadas y señoras, o una hija drogadicta e inestable en Birdman, o una vidente encantadora en Magia a la luz de la luna. Y aquí dando vida a Mia se vuelve a dejar la piel para retratar a esa joven frustrada pero con gloriosas aspiraciones que representa a muchos. Y ni que decir tienen los momentos en que sin apenas nada más que su presencia, ella sola se come la pantalla, como en la escena de la audición con el teléfono móvil, o en su épico solo "to the ones who dream". Gosling por otra parte nos hechiza con solo aparecer en la pantalla, como hace siempre, y nos demuestra una vez más que su camaleónica interpretación le hace superarse en cada proyecto, ya que en esta ocasión no ha tenido problemas en aprender a tocar el piano para hacer justicia al artista talentoso pero perdido como es Sebastian, y al jazz en esencia (razón existencial de Chazelle, por cierto)
Damien Chazelle es un genio, un joven genio que en pocos años desde su descubrimiento nos ha brindado dos joyas como son Whiplash y La la land. Aunque él mismo no se siente aún consagrado, ya tiene un hueco ganado en mi "hall of fame" particular. Ambas películas son abismalmente diferentes. Whiplash, frenética y agotadora, te pone los nervios a flor de piel y el corazón a mil por hora, latiendo casi tan rápido como el de Miles Teller encarnando al aprendiz de batería; La la land, rebosante de luz y magia, proyecta lo que sienten los personajes directamente sobre tu corazón con una armonía preciosa. Pero ambas, a pesar de ser polos opuestos, tienen en común que no te dejan indiferente, que algo mueven dentro de ti. Y eso es lo que aprecio de los grandes directores y lo que me llevará a seguir de cerca el trabajo de Damien Chazelle.
Antes de concluir, solo os recomiendo que en cuanto podáis, vayáis sin demora a beberos La la land, a saborearla y disfrutarla en el cine, ya que la pantalla grande es para lo que ha nacido "La ciudad de las estrellas".



viernes, 22 de enero de 2016

En la tuya o en la mía

Una bonita costumbre casera que estilamos en la familia y supongo que compartimos con multitud de otros hogares es el debate "cocinero" mientras nos reunimos durante una comida o merienda y sintonizamos en la radio nuestro programa favorito de actualidad. Son esos intercambios de pareceres intergeneracionales, a veces acompañados de cierta exaltación, los que te permiten conocer el punto de vista de quienes tienes más cerca durante la mayor parte del día y ensayar con ellos los debates que más tarde entablarás con amigos o compañeros de clase. Luego están esos debates en el cercanías de vuelta a casa que, tras una larga jornada sentados en las incómodas sillas de la facultad, siempre son recordados con una sonrisa por hacernos sentir como verdaderos parlamentarios discutiendo con turno de palabra y todo como si de ello dependiera el mañana. Bueno, mi pasión por defender algunas causas, a veces perdidas, no tiene límite...
Sin embargo, ¿qué tiene que estar pasando para que poco a poco me esté desenganchando de ese maravilloso hábito de preguntármelo todo y discutirlo todo? Parece que en casa hace tiempo que nuestras paredes no son testigos de nuevos cara a cara, y parece que el tren del cercanías nos ha contagiado su misma neutralidad. Yo misma, lejos de considerarme apolítica, cada vez me siento menos dispuesta a discutir, ya que resulta divertido solo cuando es mínimamente difícil defender tu causa por tener que rebatir argumentos sólidos del contrario. Útimamente toda la realidad de actualidad que nos rodea, especialmente la que más nos llega ahora que es la relacionada con la política,  me parece incoherente, absurda, demagógica, hipócrita, circense... alimentada por las redes sociales que en su cara más feroz unen ciertos colectivos como rebaños ciegos aplaudidores de la ignorancia absoluta.
Así que al alejarme un poco de esos programas de actualidad que antes solía escuchar pero que ahora que solo me transmiten una gran impotencia por tener que aguantar toda esta mascarada descubrí un cierto respiro, En la tuya o en la mía. 


La nueva propuesta para TVE de Bertín Osborne me parece más que acertada en estos tiempos que corren. Aunque en mi entorno he escuchado críticas razonables a su programa, de personas dedicadas al periodismo que ven al cantante como un intruso en su mundo, para mí él no es el problema. El problema es que no haya más como él. Ojalá hubiera más profesionales procedentes de cualquier ámbito, que nos propusieran algo tan interesante e innovador como En la tuya o en la mía
El programa básicamente nos presenta a Bertin como un guasón anfitrión que pasa un rato agradable con un ilustre invitado ya sea en la casa del cantante, en su enorme finca de Sevilla con la legendaria parra, o en el hogar del entrevistado. Charlan en un sofá sobre sus vidas, sus pensamientos, sus experiencias, su bagaje artístico... y luego, siempre a petición del hambriento Bertin, cocinan un delicioso plato junto a un par de copas de vino. Como si fueran dos amigos de toda la vida, como si se tratara de tu mismo salón en una reunión de amigos, pero con personalidades que se nos antojan lejanas como Carlos Herrera, Lolita Flores, Carmen Martinez-Bordiú, Adolfo Suárez Illana, Arturo Fernandez, Pedro Sánchez, y hasta Mariano Rajoy, entre muchos otros.



Así, se nos permite conocer sinceramente a personas representantes de nuestra cultura de una forma mucho más cercana y amena, ya que de lo tranparente que es el programa, en él no caben mentiras, verdades disfrazadas o cizaña hipócrita. Un programa en el que sus protagonistas se desnudan emocionalmente frente al espectador, como llega a decir Bertin en alguna ocasión. Un rato, en fin, para nada desperdiciado en el que hasta el invitado que más creías conocer te sorprenderá de lo natural y espontáneo que se muestra. Tanto es así que está claro, pese a las dotes de Bertin de sacar lo mejor de cada entrevistado, quienes tienen más vida y experiencia que otros, quienes, en fin, son los que ya están de vuelta.


Además, es una proyecto hecho con cariño y buen gusto, pues independientemente del encanto de sus protagonistas, las casas siempre están impecables y llenas de vida;  la realización es muy emotiva con la inclusión de retazos de las vidas de los invitados a través de fotografías personales, homenajes en forma de retratos y declaraciones de familiares; la música consiste en preciosas covers de conocidas canciones; al principio y al final se nos lee en voz en off una narración de Bertin acerca de sus invitados y su punto de vista acerca de éstos... Un programa cuidado y hecho con sensibilidad, algo que a mí me falta en la televisión española.
Por último, destacar por supuesto la cantidad de risas que Bertin y sus invitados nos brindan con la parra inmortal, la cocina de inducción imposible de encender, la laberíntica finca sevillana del anfitrión, las partidas de futbolín que disfrazan verdaderas batallas de preguntas... Mis episodios favoritos, sin duda, los que me hicieron reir a carcajadas como el de los Morancos o el de Alaska y Mario Vaquerizo, los que me emocionaron como el de Adolfo Suárez Illana y los que me sorprendieron como los de Mariano Rajoy, Anne Igartiburu y Ramón García o Ana Obregón.
Así pues, dejemos de pensar que Bertin invade la televisión injustamente, pues hoy día existen cantidaes injentes de programas de entrevistas o debates a cargo de periodistas de verdad con propuestas diversas, pero ninguno como Bertin. Y es que él y su forma de llevar En la tuya o en la mía son únicos, inimitables y desde luego, de agradecer. Más, ¡por favor!

Web para ver los programas, y otros detalles: aquí



lunes, 7 de diciembre de 2015

Bajo la misma estrella

Dos días, una sonrisa satisfecha, y un mar de lágrimas. 
Eso es lo que separó el momento que abrí Bajo la misma estrella del momento que cerré la maravillosa obra del reconocido John Green. Y, claro, también los separó millones de reflexiones, pensamientos, y metáforas de lo más "augustinianas", como diría Hazel Grace. Bueno, más bien como diría ese personaje encarnando la mente de John Green. Una mente extraordinaria que se ha abierto ante mí durante el viaje de esta novela y que me ha llevado de ignorarla a admirarla con solo unas cientos de páginas envueltas en unas cubiertas azul celeste. Unas cubiertas que me llamaron la atención en la librería hace poco, al verlas no en la sección de "literatura juvenil", sino en "narrativa extranjera" junto a novelas, de autores aun desconocidos para mí, dirigidas a mentes ya adultas.


Sin duda, Bajo la misma estrella puede llegar a cualquiera. No creo que sea un libro para adolescentes, sino para seres humanos, sin que mi afirmación sirva para descatalogar de seres humanos a nosotros los adolescentes, aunque el término incluso es utilizado en esta novela como adjetivo no demasiado favorecedor ("estás hoy tan adolescente...") Es un libro para seres humanos capaces de emocionarse, apreciar una bella historia cargada de simbolismos, sacar conclusiones durante su lectura y no tacharla de demasiado sensiblera o irreal, porque precisamente es lo más realista que puede ser.
Una historia realista que por ello, y la magia que consigue sacar de ella Green sin hacerla inverosímil, se ha convertido en una de mis ficciones perfectamente reales favoritas.
Desgarradora, realista, triste, conmovedora, que no pretende dar una visión optimista ni pesimista de la atroz "hamartía" que padecen los personajes, sino un retrato del camino de la vida que, cual sombra de árbol reflejada en los canales de Amsterdam o en las baldosas de sus calles, se ramifica uniendo vidas y desuniéndolas. Unas vidas que por y para algo necesitaban juntarse, y posteriormente separarse. Un relato precioso de las relaciones humanas, de los miedos ante las dificultades, de cómo sobreponerse a ellos o rendirse ante ellos, de las actitudes a tomar, y de lo hermoso de conseguir "una eternidad en esos días contados". La relación entre Hazel Grace y Augustus Waters y cómo él aviva la persona que hay en ella más allá de la "enferma profesional" y cómo ella le descubre que su amor verdadero es el que deja huella, y no la absurda obsesión de ser heroicamente recordado por el terrible temor al olvido, que ya desde el principio confiesa "en el corazón literal de Jesús" el atractivo Augustus.  
La novela me ha sobrecogido no solo por la historia y sus personajes tan cuidadosamente desarrollados (los entregados padres de Hazel, su amigo Isaac, el idealizado escritor Van Hauten), sino también por el elevado contenido filosófico, simbólico y metafórico de Bajo la misma estrella. Parece que también a los libreros de aquel establecimiento les pareció así al colocarlo lejos de "narrativa juvenil", en la estantería de la variopinta "narrativa extranjera". John Green golpea al lector con pensamientos morales de toda índole disfrazándolos de inocentes conversaciones entre adolescentes: el miedo a la muerte, Dios, el olvido, el propósito de vivir, el amor verdadero... Nos hace interiorizar en nosotros mismos para descubrirnos cavilando nuestras propias opiniones sobre estos temas,  a la par de hacernos vivir una historia que "como una montaña rusa, no hace más que subir".


Desde luego, una lectura intensa, que unida a sus símbolos/metáforas no hace más que complicar deliciosamente la labor del lector de desentrañar lo que quiere transmitir John Green con el épico Augustus Waters y la terrenal Hazel Grace. El símbolo del agua y su presencia a lo largo de la novela cual ente destructivo como la situación que viven los personajes (el problema pulmonar de Hazel, sus sueños en medio del océano, el apellido de Augustus Waters, los canales de Amsterdam), el hecho de que Augustus siempre parece ir adelantado a Hazel (él cuelga primero en sus llamadas telefónicas, su pantalla del avión empieza a emitir la película antes...), el afán de Hazel por conocer de boca del "escritor" Peter van Houten el final de los personajes de "Un dolor imperial" como metáfora de su propia vida, el personaje de Augustus y su mismo nombre como héroe que teme al olvido y quiere ser recordado pero cae de la fortaleza a la humillación pudiendo ser Hazel Grace su salvación (este camino inverso es para Green lo que caracteriza al verdadero héroe)...
Asimismo los detalles con los que John Green ha colmado su novela hacen que parezca que de verdad ha sido escrita por una real Hazel Grace que ha vivido lo que está narrando: cómo se siente en el lugar supraterrenal de las conversaciones telefónicas con Augustus, los distintos dolores y miedos que sufre ("eché de menos el futuro"), sus pensamientos como "enferma profesional", sus opiniones de la gente que la rodea y no la comprende, la manera en que afecta a Augustus ("antes... solías llamarme Augustus") En ese sentido el final es tan puramente sincero que no tenía la sensación de que hubiese sido escrito por un hombre que no ha experimentado todo eso. Extraordinario.
La película ha cosechado un gran éxito y he de decir que la ví después de leer la obra maestra de Green con lo que, aunque es muy fiel estéticamente y los protagonistas son más que convincentes, ni por asomo se puede comparar al libro. A mi juicio, todos los símbolos y detalles que se pierden en el traspase a la pantalla provocan que la historia pierda toda la riqueza emocional;  además, es un relato tan denso que en el film se han descritoacertadamente las partes centrales de la novela, pero se han preferido descuidar más las iniciales y finales, recortando escenas y abreviándolas, y dando a la historia de Hazel y Augustus cierto aire apresurado y superficial que en el papel es todo lo opuesto. Esos momentos telefónicos del "Bien. Bien" entre ellos dos, esas escenas de soledad de Hazel esperando que Augustus le responda la llamada, esos días eternos juntos, esas conversaciones que mantienen sobre cualquier tema posible, sus "últimos días buenos" el uno con el otro... Todo ello se ha evitado eliminando la magia por completo.
Por todo ello, prefiero el libro ya que "hay infinitos más grandes que otros" y ¡qué libro! Hacía tiempo que no leía algo tan profundo, hermoso, y fresco al mismo tiempo; sin duda, aunque es una novela para seres humanos capaces de emocionarse, Bajo la misma estrella ha regenerado el género juvenil, cargado de futuros distópicos al estilo "Juegos del hambre" que ya nos tenían bastante saturados... Me ha sobrecogido su carácter inefable que recomiendo descubrir a toda costa a los lectores de este post.
Gracias, John Green, gracias.


sábado, 25 de abril de 2015

Facebook

Un libro de caras. O, dicho de otra forma, un álbum. La archiconocida red social que actualmente domina el mundo globalizado, y a la que solo hace frente un ave celeste que pía 140 caracteres, fue bautizada con un neologismo inventado por su creador para evocar la esencia de su producto. Un libro de caras. Un álbum. El álbum.
Estudiando los primeros fotogramas de La red social, biopic no de su inventor Zuckerberg sino del propio Facebook, el espectador asiste a un reflejo verídico de lo que pudo ser el nacimiento de esta "social network": Facemash.com, un polémico "site" en el que los estudiantes de Harvard accedían a imágenes de todas las alumnas y las comparaban unas a otras como si de una feria de rostros se tratara. Este atentado contra la privacidad sin duda marcó el sentido de Facebook. En efecto, su uso aparente es el de la comunicación y la interrelaciones humanas, pero lo que en realidad forjamos en nuestro "muro" es una marca, nuestra marca. Es decir, la imagen que deseamos que los demás se formen de nosotros, y con la que nuestros "amigos" nos comparan, juzgan y sentencian.
Recientemente pude reflexionar sobre este tema en un taller cuyo certero y conciso nombre sugiere esta idea: Identidad y Conocimiento. En él se nos expuso una serie de fotografías relativas a los "perfiles" de cada participante. Enseguida se inició un debate que pronto derivó en una serie de oráculos de las vidas en imágenes que pasaban ante nosotros. De un inocente conocimiento a una ardua búsqueda de la identidad, escudriñando los gustos y fotos que "colgamos" en Facebook en un principio para transmitir, en realidad para vender nuestra marca.
Esa cibernética e innovadora manera de vendernos ha trascendido a la realidad. ¿Cuántas veces hemos sido advertidos de la incisiva exploración que nuestros futuros jefes laborales ejercen sobre nuestro "perfil" para comprobar la pulcritud de sus contratados?
Lejos de ser una simple red de comunicación, Facebook se ha erigido como una valiosa plataforma para convertir nuestra identidad en una marca, y ésta en una herramienta para nuestra propaganda personal.


martes, 31 de marzo de 2015

Magia del mar

Gatsby. Así soy yo. Si me lo preguntas hoy, esta tarde de abril bajo el cielo anaranjado de Madrid, te diría que, efectivamente, soy Gatsby. Llámalo evocación, reencarnación, imaginación, identificación. Me da igual el término. Yo me siento Gatsby lo denomines como lo denomines. Mientras respiro el olor del calor que entra por mi ventana, cierro los ojos y repito, soy Gatsby, soy Gatsby, soy Gatsby... Su espíritu me ha invadido por dentro, justo por la zona del pecho, oprimiéndome y dejándose notar especialmente por las tardes, a la hora del atardecer, frente a la ventana de mi habitación. Es entonces cuando Gatsby, en mi interior, golpea y lucha por salir a la luz, gime y se mofa de que ha conseguido entrar, me acusa de no saber echarle y amenaza con irrumpir en mi mente con los recuerdos del pasado, a los que se agarra para sobrevivir dentro de mí. Es en ese momento cuando embobada miro el cielo primaveral, e intento hacer caso omiso de Gatsby, sin éxito. Él sabe que le escucho, y, aunque no le permito dejarse ver, representa en el pequeño teatro de mi alma todas las escenas que ha arrastrado consigo para hacerme daño, para resucitar. 
Sé que debo deshacerme de él, depurar mis recuerdos para que se desvanezca de una vez por todas... Pero, por más que intento tejer nuevas vivencias, pensamientos, experiencias, Gatsby permanece, como una sombra que ha aparecido para ligarse a su amo por siempre jamás. 
Su forma de vivir en mi alma es traicionera. Con perfidia me hipnotiza para que me sumerja y contemple las imágenes color pastel que conformaron lo que una vez fui, y que él se empeña en recordarme. Las imágenes desgastadas y deslumbrantes de una infancia que se escapa por momentos, y que, cual Dafne, jamás podré atrapar, aun corriendo con todas mis fuerzas y ansias apolíneas... Gatsby me recuerda que lo que persigo es lo que he vivido, y pasa a mostrarme con una sonrisa malvada los fotogramas de lo que parece ser un faro eterno de color blanco, que contempla el amanecer de una ciudad bañada por el mar calmo y salado del Mediterráneo. La ciudad se despereza entre el suave rumor de las conchas deslizándose junto a la orilla del mar, las primeras tumbonas que se aventuran a estrenar la jornada de playa, los negocios abriendo, las ranitas del parque salpicando a modo de fuentes sus azulejos históricos, los primeros churros y porras de la mañana sirviéndose junto a chocolate caliente... la ciudad ha revivido tras su sueño nocturno.
Gatsby me toca el hombro y me señala el desayuno sobre la mesa de la terraza, ya preparado bajo el reluciente sol andaluz, y me siento para contemplar una vez más el mar que une nuestra variopinta ciudad con otro continente... La superficie brilla y llama la atención de gaviotas que se aventuran a probar suerte e intentar desayunar, sumergiendo su pico con rapidez en alguna ola fortuita que pasa. Gatsby me sigue molestando, y me señala esta vez a una versión más pequeña, más inocente de mi persona, que, de la mano de su abuelo, degusta el delicioso chupa-chups que le acaba de regalar tras bajar a por el periódico. Juntos se sientan a mi vera para sorber el colacao, una sobre el regazo del otro, mecidos por la brisa marina con olor salado, y contemplados por un sol radiante, testigo de una vida que pronto echará en falta esos momentos tan dulces y lejanos.
- Es hora de irse...
Gatsby me devuelve a la realidad, sentada en mi habitación frente a la ventana, contemplando ensimismada y con la mano en el pecho, el cielo anaranjado de Madrid. Gatsby sigue ahí, fiero y dispuesto a arrastrarme de nuevo a los recuerdos, los cuales supusieron su propia perdición. Espero que de todas formas no supongan también la mía... Antes de abrir los ojos para regresar a mi rutina, vuelvo a agarrar una vez más las manos cálidas de mis abuelos, mientras contemplamos desde aquella terraza nuestro lugar favorito en el mundo... "¡Oh, ciudad encantada por la magia del mar!".


lunes, 2 de marzo de 2015

Imaginando dragones...


Cuando éramos pequeños, en casa jugábamos a aprender una palabra nueva cada noche. Una de ellas se me grabó a fuego en el alma, de tan gran impresión que me causó, y desde entonces jamás se me olvidaría, aunque no fue sino hasta hace unas semanas cuando la entendí por completo. "Inefable", según me enseñaron en estas caseras lecciones de vida, se dice de aquello que no puede ser expresado con palabras, explicado, o comunicado, de tan perfecto y superior que es para nuestro limitado alfabeto. Inefable... como yo he sido siempre una amante de las palabras, este término no tenía sentido para mí, hasta que descubrí  a Imagine Dragons y degusté desde hace tan solo una semana su nuevo y segundo álbum, Smoke + Mirrors. Primero, dejad que os invite a escuchar una de mis canciones favoritas, la que abre el disco y que ha sido brillantemente ilustrada por el artista Tim Cantor... Shots.


Mi generación parece ser arrastrada por las "modas" que marcan las cadenas de radio juveniles que no cesan de emitir mil canciones iguales, con las mismas voces de niños gritones, las mismas melodías sin sentimiento ni profundidad, y las mismas muñecas vestidas con la misma ropa y cantando las mismas letras superficiales con ritmos que, puede que una o dos veces sean pegadizos, pero que al enésimo plagio ya ralla en lo absurdo y repetitivo... Quedan, desgraciadamente, demasiado lejos los años setenta y ochenta, con su música variada, innovadora y de verdad "bailable", que te llegaba al corazón y te hacía vibrar o dar saltos por la pista de baile... Había comenzado a perder la fe en la música de mi generación cuando, a modo de salvación, fui iluminada por los "inefables" Imagine Dragons.
Como indica el adjetivo, su música es tan fuera de serie que resulta indescriptible, pero, aun así, intentaré transmitir lo que siento al escucharla.
No tres, ni cinco, ni diez, sino absolutamente todas las canciones de Imagine Dragons, sin duda alguna, son perfectas... Son tan variadas, y con unos ritmos tan diversos, tan llenos de vida y personalidad, que no te cansas de escucharlas una y otra vez... Ya sea Summer, The Unknown o Polaroid y su animada letra acerca del amor y la pareja, o Shots, Dream o Hopeless Opus y su existencialismo, o incluso It comes back to you y su ritmo relajado que invita a cerrar los ojos y reflexionar, todas ellas son adictivas, pues no rascan un solo tema hasta agotarlo sino que de forma magistral acarician temas diversos, explorando de esta forma todas las dimensiones del ser humano y ello lo transmiten en sus discos, como si de una antología de la vida se tratara. Así pues, Imagine Dragons pule al detalle la composición de sus canciones, hasta hacerlas hermosas, rebosantes de vida y sentimiento, que es lo que debe transmitir una canción...



Por otra parte, la voz única de Dan Reynolds, los vitales golpes de baqueta de Daniel Platzman, y los imaginativos acordes electrónicos del bajista Ben McKee y del guitarrista Wayne Sermon, se combinan de la mejor forma posible para crear un gigante interpretativo. Los cambios bruscos de ritmo, los tonos electrizantes, los gritos implorantes combinados con dulces susurros, los golpes de batería que marcan un ritmo dinámico y casi mágico, y el acompañamiento de voces, palmadas y efectos exóticos, innovadores e inesperados... todo ello supone un antes y después en mi forma de escuchar música. Es demasiado extraordinario para ser expresado con palabras, y aquí repito el término "inefable", pues solo escuchando sus temas se puede comprender lo dedicados que están a su grupo y sus canciones, cómo las cuidan y cómo las hacen llegar de forma magistral al mundo para formar parte de la banda sonora de nuestras vidas. No es de extrañar, por tanto, que su público, al dejarse llevar por los sonidos envolventes de Imagine Dragons, despliegue unas alas invisibles y se eleve más y más alto, dejando atrás el presente monótono para alcanzar el mundo colorido e imaginativo que dibujan las canciones de la banda.
Finalmente, solo me queda destacar que los vídeos que graban reflejan a la perfección su estética y personalidad. El videoclip de Shots, que os he invitado a disfrutar al principio, fue creado por Tim Cantor de forma que plasma a la perfección la imaginación  y el mundo onírico en el que ahonda Imagine Dragons en este nuevo álbum; por otra parte, el que cierra esta entrada, On top of the world, forma parte de su épico disco debut Night Visions y transmite la fuerza, energía y explosión de sensaciones con la que comenzaron en 2012, así como sus influencias setenteras de la mano de The Beatles.
Espero que os haya gustado esta entrada y que os haya hecho llegar la emoción que siento yo misma al escuchar cualquier tema de Imagine Dragons, a los cuales, sin duda alguna, os recomiendo encarecidamente dedicar vuestro tiempo.